Fotos y texto

DELIO APARICIO

 

Llevo 8 días acompañando a un sacerdote católico en un viaje misionero por un grupo de veredas olvidadas de la Ensenada de Tumaco. Estoy en Colorado, la última de las poblaciones que visitaría en mi recorrido apostólico. No hay una sola gota de agua en la palangana del baño, ni siquiera para una cepillada. Para obtener agua dulce esta mañana necesitaría bajar un motor hasta una lancha, atravesar un tramo de mar, llegar hasta una fuente natural en el bosque y con mucha paciencia llenar varios recipientes. Luego tendría que cargar el agua hasta al bote, regresar y subirla hasta el baño para poderme dar una ducha. No sé navegar, ni el punto exacto enfrente donde se supone que está la fuente de agua dulce. Soy un lamentable espécimen de ciudad en un mundo salvaje y marino.

 

El esfuerzo de una tarea como la de conseguir agua, en esas temperaturas, además me deshidrataría. Como era la fecha de mi regreso a Tumaco decidí que me bañaría al regresar a la civilización (ya a estas alturas del viaje pensaba en Tumaco como en la cuna de la civilización y las comodidades modernas).

 

No obstante la falta de comodidades, el hecho de llevar 8 días de rigurosa vida clerical (misas, bautizos, visitas a ancianos y enfermos) y de haber tenido un molesto incidente con mi compañero de viaje; no me arrepiento por un instante de haber hecho este recorrido misionero. Estoy lleno de emoción y agradecimiento con la vida por haberme permitido estar allí. Por dejarme por un momento conocer esta parte de mi país.

 

 

 

Mujer con su hija cargando agua

Soy cristiano y nací en un hogar católico pero no voy nunca a misa, no recuerdo cuándo fue la última vez que me confesé, cuando me casé lo hice en una notaría, vivo en pecado mortal y tengo mil inconformidades con la multinacional Católica...  ¿Cómo fue que terminé en un correría apostólica por la Ensenada de Tumaco?

 

Era primero de enero. Me encontraba junto a mi familia gozando del descanso de comienzo de año en una cabaña. Revisaba el Facebook balanceándome en una hamaca junto a una cerveza fría. En el muro de mi amigo Daniele Zarantonello había un extenso post que enumeraba sus propósitos para el 2017, que ese día comenzaba. Daniele es un joven sacerdote italiano miembro de una comunidad misionera Católica -los Combonianos- que se dedica a ayudar y evangelizar comunidades negras por el mundo. Vive en Tumaco desde hace 6 años y nos hicimos amigos hace 4. Lo conocí mientras hacía un reportaje en el deprimido, violento e inaccesible barrio Viento Libre, donde él desarrolla parte de su trabajo misionero. Entre sus muchas intenciones para ese primero de enero, Daniele se comprometía a visitar con más frecuencia lo que él consideraba eran las veredas más olvidadas y tristes de Tumaco. Apuré un trago de mi rubia helada y le escribí diciéndole que cuando fuera a hacer uno de sus viajes por aquellos afligidos lugares me invitara. Luego me entregué a una plácida siesta de la tarde. Sinceramente escribí aquello más por hacerle un cumplido que con una voluntad real y consciente de vivir una experiencia de esa clase. No me moría de ganas por una expedición religiosa oficiando misas y expulsando demonios.

 

Me había olvidado por completo del asunto cuando unas semanas después recibí una llamada de Daniele. Decía que ya estaba en los preparativos para una correría por algunas veredas de la Ensenada y quería saber si yo seguía interesado en acompañarlos. Por un momento pensé declinar inmediatamente a la invitación. Explicarle que no hablaba en serio cuando escribí aquél comentario echado en una hamaca con la cabeza mareada por la cerveza. Que las misiones religiosas no eran lo mío. Pero entonces Daniele me habló de lo interesado que estaba en que laicos como yo, tibios cristianos de sofá, nos diéramos la oportunidad de acercarnos a la vida de estas comunidades. Cuando me dijo eso, así de esa manera, no tuve cara para escurrirme. Le dije que mi interés seguía vivo (aunque la palabra que debí haber usado era agonizante).

 

Unos días después resultó que Tumaco, de la que muy poco se habla, era noticia en casi todos los medios de comunicación. Hablaban del escandaloso aumento en los cultivos de coca, de los retrasos en la construcción de las zonas de concentración para las FARC; de bandas de disidentes, paramilitares y carteles de droga aprestándose a una lucha a muerte ahora que las FARC estaban abandonando el control del territorio. Empecé a fantasear con la idea de que amparado tras un viaje misionero lograría historias de jóvenes milicianos posando con capuchas y armas largas, de laboratorios de cocaína en pleno ajetreo. Este delirio me entusiasmó. Sin medir las consecuencias empecé a bombardear de mensajes a Daniele pidiéndole que me diera YA una fecha para arreglar mi viaje. No hallaba la hora de salir de misión cristiana. Daniele me respondió diciéndome que estaría en Bogotá en los siguientes días y que prefería que habláramos personalmente sobre algunos detalles.

 

Nuestro café en Bogotá fue un desastre emocional para mí. En primer lugar mi amigo sacerdote me habló claramente de las veredas que visitaríamos en el recorrido. Bocas de Curay, Olivo, Soledad, Chorrera, Llanaje y Colorado. Se trata de unos pequeños poblados de pescadores y cultivadores a orilla del mar, a sólo un par de horas de Tumaco. A la zona se le conoce como la Ensenada. Daniele quería ser claro en una cosa: estos lugares no tienen un papel de mucha trascendencia en el conflicto. La gente siembra coca pero no es la cosa ésa desmesurada que se vive en otros puntos de Nariño. Son veredas al norte del departamento que más bien resaltan por el olvido en el que viven. La calentura armada, me explicó, se vive es en el casco urbano de Tumaco y en algunas veredas al sur, a donde en esa ocasión no íbamos a ir. No se trataba entonces de un viaje a un lugar secreto y perdido en la selva donde me codearía con mercenarios armados hasta los dientes. Por el contrario, me dijo, es un viaje de misión cristiana. A lo que vamos es a realizar eucaristías, bautizar niños, visitar enfermos.

 

 

 

 

 

Así que no era un viaje al corazón de la guerra sino una misión apostólica a una olvidada ensenada. Acababa de recibir ese golpe bajo cuando vino lo peor. No viajaría con él o con sus otros compañeros de misión (el padre Michele Tondi, un italiano que sirvió 20 años en el África y el padre Fufa, un etíope con buen sentido del humor). Para esta ocasión yo haría el viaje junto a cura x de la ciudad de Tumaco.  ¿Por qué? ¿Cómo así que tenía que viajar 8 días con un desconocido? ¡Joder!, Daniele y yo somos amigos pero él lo sabe, se lo he dicho, por principio no me agradan los curas.

 

En su español perfecto, con acento medio italiano, medio tumaqueño, me dijo:

 

-Mira, nos hacen faltan manos para trabajar en esos lugares. Los únicos que visitamos la Ensenada somos Michele, el padre Fufa y yo. Eso es muy poco. ¿Y el resto de curas y religiosos de Tumaco? Somos casi 30 pero ninguno quiere abandonar la cotidianidad de sus capillas de barrio. He logrado convencer a éste compañero de la Diócesis para que sea él el que viaje. Yo me quedo reemplazándolo. Me interesa que se acerque a esta gente que tenemos tan abandonada.

 

Este argumento me dejó frío. Por un instante incluso me pregunté si acaso Daniele no habría preparado aquél discurso frente al espejo, repitiéndolo una y otra vez para poder decirlo como me lo dijo.  Era perfecto, sólido, auténtico, emotivo. Embargado con una terrible sensación de zozobra por tener que hacer el viaje junto a un sacerdote desconocido, tragué saliva y dije que estaba firme para partir. Entonces en ese justo momento fui testigo de la terrible emboscada en la que había caído. Daniele sacó su teléfono celular, marcó un número y puso el altavoz...

 

-¿Aló? ¿Padre Juan Carlos?... Buenas noches padre, estoy aquí con mi amigo periodista de Bogotá. Para preguntarle si usted finalmente si va a ir con él a la Ensenada, para lo de los bautizos de que le hablé el otro día. Mi amigo aquí quiere saber si ya puede comprar sus tiquetes...

 

La conversación duró varios minutos que mi amigo aprovechó para explicarnos bien la ubicación de las veredas, la ruta, las fechas, las personas que nos recibirían. Confundido y acorralado, al otro lado de la línea el tal padre Juan Carlos dio un sí tan sincero, tan enfático, tan emocionado como el mío. Los dos habíamos caído en una trampa. Una hábil emboscada de Daniele.

 

Habíamos terminado nuestro café y mi amigo ya había pedido su taxi cuando me dijo que quería que le prometiera una cosa: yo podría tomar todas las fotos que quisiera durante el viaje pero tenía que asistir a todos los oficios religiosos. Y traerle imágenes, especialmente de los bautizos.

 

-No quiero que vayas sólo de periodista, también quiero que vayas a un encuentro con Jesús -dijo sin el valor para mirarme a los ojos. A estas alturas yo ya había perdido todas mis fuerzas. Asumía todo el peso de mi destino. Aceptaba con humildad y mansedumbre mi papel de fotógrafo de bautizos en un viaje apostólico por la ensenada de Tumaco.

 

 

El 10 de febrero llegué a Tumaco. Le dije al taxista que me dejara en la parroquia de la Resurrección al lado del Puente del Pindo. Justo en la mitad de dos de los barrios más conflictivos de la ciudad: Buenos Aires y Viento Libre. En el trayecto nos detenemos en un semáforo y veo a una joven haciendo una colecta para un entierro. Para conseguir los fondos exhibe la foto del cadáver de una mujer tirado en la calle. No me resisto y, con el mayor disimulo que puedo, tomo una foto con mi celular. Cuando el semáforo cambia, molesto el conductor me da una buena reprimenda. Me pide que me comprometa a no sacar mi teléfono para hacer fotos en lo que queda de recorrido. Cuando ya se ha calmado un poco (creo que se ha hecho a la idea de que soy un cura), me explica por qué no es un buen momento para hacer fotos en la ciudad.

 

Hasta hace unos meses Tumaco estaba relativamente tranquila. Si usted, por ejemplo, tenía un pleito con un fulano que lo acusaba de haberle robado, simplemente era cuestión de ir y zanjar el asunto con el cabecilla de las FARC de su zona. Lo que el comandante guerrillero dijera, eso se hacía. Devolver lo robado o, si la imputación les parecía infundada, renunciar a las acusaciones. El que infringiera el fallo tendría que vérselas con ellos. Y eran implacables haciendo cumplir su palabra. De la misma manera dominaban muchos otros aspectos de la vida, incluidos los problemas de linderos, los líos de faldas (que son muy frecuentes) y en especial el mundo del narco, la principal causa de criminalidad en la ciudad. Este orden había traído alguna baja en la tasa de homicidios de la ciudad (la más alta del país). Pero ahora que las FARC se habían ido, muchos clanes poderosos estaban tomando posiciones para dar su pelea por el trono. La ciudad vive en un ambiente de zozobra esperando a ver en qué momento se desata un pandemónium como el de años pasados. Era un pésimo momento para estar haciendo fotos desde una taxi.

 

Cuando me dejó en la puerta de la iglesia el taxista se despidió de mí diciendo:

 

-Padre, siga mi consejo y verá que no tiene ningún problema -refiriéndose a lo de no tomar fotos-.  Esta es una tierra hermosa, disfrútela. -No me tomé la molestia en explicarle que yo no era cura sino fotógrafo de bautizos.

 

Todo el día la pasé de arriba para abajo por Tumaco acompañando al padre Daniele en su trabajo. Cositas varias. Fuimos a comprar pintura para las adecuaciones que están haciendo en la escuelita comunitaria del barrio Viento Libre. Leí las Escrituras en una misa por un joven de 18 años asesinado dos días atrás con varios disparos a quemarropa. También lo acompañé  a una clase de guitarra para catequistas, a un grupo de estudio bíblico con mujeres, a cantar con unos ancianos que componen un coro de alabaos y a visitar a una mujer que recientemente salió de la cárcel. El ICBF acaba de devolverle a sus hijos y el más pequeño no quiere ir a estudiar. La mujer confía en que el padre Daniele sea capaz de convencerlo de ir a la escuela. Y así, haciendo cositas aquí y allá. Cuando tuve la oportunidad vencí mi miedo y saqué subrepticiamente mi teléfono para hacer algunas fotos.

 

 

Es sábado 11 de febrero. Son las doce pasadas del medio día y estoy en el muelle Residencia. Llevo un poco más de una hora allí esperando al cura que será mi compañero de viaje. Ya le marqué varias veces. En la primera no contestó, ya luego no entraban las llamadas. Supongo que debió apagar el celular y poner en la tele el partido del Barcelona que se juega a esa hora. El lanchero anuncia que es la hora de partir y asumo que ya no aparecerá. Viaje abortado, me digo. Sólo será asunto de adelantar 10 días el vuelo de regreso. En un par de semanas todo este incidente estará olvidado. Contento llamo a mi amigo Daniele y le digo que voy de regreso a su parroquia porque ya sale la lancha y el padre Juan Carlos Valencia no apareció.

 

-¡No! Súbete a la lancha y no la dejes partir hasta que Juan Carlos llegue. Él tiene que aparecer…

 

 

 

Ya llevo 10 minutos retrasando la salida de la lancha. Estoy pensando en cuánto dinero de soborno ofrecerle al lanchero para que sigamos esperando cuando por fin aparece. Un negro gigante y cuajo. 45 años, un metro ochenta con algunos kilos de más. No lleva un hábito que lo identifique pero a cambio viste una camiseta verde chillona con una imagen de la Virgen, sandalias y un vistoso rosario con figuras de plata y cuentas de madera. Como si nada me saluda con una amplia sonrisa. Llevo tanto rato lidiando con las quejas de los pasajeros por la tardanza que no tengo ánimos para sonreírle de vuelta. No sé por qué y cómo, pero en semejante infierno, lleva bien amarrada al cuello una bufanda escocesa para el invierno. Con toda sinceridad, de entrada no me da buen feeling, y me angustia pensar en los ocho días de viaje que nos esperan. Pero una cosa es cierta, así hubiera llegado con una camiseta de Pink Floyd, por el sólo hecho de ser un hombre de iglesia no me hubiera gustado.

 

 

 

 

La población tiene una destartalada iglesia que casi nunca se abre. Muy poco vienen los curas por acá. Ni hablar de los médicos. Quizá por eso nuestra llegada resultó todo un acontecimiento. Un corrillo de gente nos esperaba en el muelle como si fuéramos celebridades. Especialmente niños que ansiaban la llegada del cura para su bautizo. Sin embargo me di cuenta que cuando nos vieron se decepcionaron. Esperaban al sacerdote italiano que normalmente los visita y no a un flaco desaliñado y un cura negro. Esto me impresionó. A algunos les costaba creer o no les gustaba que el cura fuera un negro, como ellos. No creen, no confían en su propia gente.

 

A pesar de mi apariencia desde el primer momento todo el mundo asume que yo también soy un religioso, me llaman “padre”. “Padre esto”, “padre aquello”.

 

 

Eso de que la gente piense que yo también soy un religioso tiene sus ventajas y sus desventajas. Juan, el padre de la familia donde nos hospedamos, me llevó a conocer su cultivo de caña. En el camino vi algunas matas de coca y quise que me hablara de cómo funcionaba el negocio allí pero no logré una palabra. Estoy seguro que no quería hablar del tema con un hombre de Dios. En cambio caminando por la playa me encontré un grupo de niños que había encendido una hoguera y estaban quemando viva una pequeña tortuga. Les pregunté quiénes de ellos se iban a bautizar al día siguiente y por lo menos tres alzaron la mano. Les dije que si no liberaban el animal me encargaría de que no hubiera bautizo. La sacaron inmediatamente del fuego. Les pedí me llevaran hasta el lugar donde la habían encontrado para dejarla en su sitio. Una vez llegamos a una pequeña laguna coloqué la maltrecha tortuga en el agua y les dije que repitieran conmigo: Diosito lindo, gracias por las bellas tortugas, las aves del cielo y todos los animales que tú creaste. Prometemos no volver a causarles ningún sufrimiento.  Tuve la tentación de agregar algo así como, “si lo volvemos a hacer que nos parta un rayo”, pero me abstuve.

 

 

Bocas de Curay (y toda la Ensenada) vive un drama ecológico severo. Desde años el nivel del mar no deja de subir. Las aguas se tragaron una buena parte del pueblo. Más de la mitad de las familias han abandonado la aldea. Los que están más cerca de la orilla corren sus casas hasta que el agua vuelve a tocarles a la puerta y así… Poco a poco han ido conquistando las laderas o marchándose. El clima además está comportándose de una manera inexplicable. Para ellos febrero es una época de lluvia y buena pesca pero hace meses que no llueve. En un febrero normal un pescador podía ganarse 500 o 600 mil pesos en un día sacando camarón o tilapia.  Pero con este verano la temperatura del agua aleja los pescados hacía zonas más profundas y frías y escasamente están obteniendo el alimento para abastecer sus hogares.  Los cultivos de caña y cacao también se han resentido ante la ola de calor. Un hombre en una tienda me pregunta por qué Dios está haciéndoles esto. ¿Qué pecados están pagando? Me parece que la pregunta y la temperatura ameritan una cerveza. Por la mirada que hace al ver a un hombre santo bebiendo alcohol le explico que no soy un cura, soy el fotógrafo para los bautizos y me siento un rato a conversar con él. Le hablo del calentamiento global. De los gases de las fábricas, de los millones de carros en el planeta, del consumismo, de los polos y los nevados derritiéndose, el clima enloquecido... A veces me parece que no me entiende de lo que estoy hablando y me encantaría poder mostrarle unas imágenes de la nube de smog en Shanghái o de los vertederos de basura electrónica en la India pero aquí no hay conexión para mi celular. En mi opinión, le digo, mi Dios no tiene velas en este entierro.

 

 

 

El agua se tragó buena parte de  la vereda

El curita estuvo toda la tarde y hasta bien entrada la noche en la ardua tarea de llenar partidas de bautismo. Las familias no tenían el registro civil de sus hijos, no sabían bien sus apellidos, quién era el padre de fulano, todo un drama. El pueblo tiene fluido eléctrico de 5:00 de la tarde a 10:00 de la noche gracias a una planta de generación. Cuando quitaron la luz, la casa donde nos hospedamos todavía estaba llena de familias bregando para que los niños no se quedaran sin bautizo.  Al igual que yo, el padre Juan Carlos nunca antes había estado en la Ensenada. Como sus labores no le permitieron salir de la casa, antes de irnos a dormir me pidió que le hablara de lo que había visto. Le conté de la inundación, del verano, de las matas de coca que vi, del pescador que pensaba que el nivel de las aguas era castigo divino, del atardecer impresionante.

 

 

 

¿Qué puedo decir hasta ahora de mi compañero de viaje? Nació en una remota y pobre población de Nariño llamada Bocas de Satinga. De una familia muy humilde logró salir de su pueblo para ir a estudiar al Seminario Mayor de Bogotá. Cuando me contó algunas de sus perores calaveradas en sus años de estudiante de teología en la capital me quedé boquiabierto. Tenían la malicia de un niño de guardería.  Una vez ordenado sacerdote lo enviaron de vuelta como párroco de Barbacoas, una atribulada población en el centro del departamento. Allí estuvo 6 años hasta que una leptospirosis, enfermedad producida por los orines de las ratas, casi lo mata. Ahora atiende una capilla en un barrio “tranquilo” de Tumaco. Es vicario de la diócesis (algo así como un funcionario de la Iglesia con una buena dosis de poder y labores administrativas), tiene un programa de radio los jueves en una emisora local y es exorcista oficial y autorizado por el obispo para Tumaco, un lugar donde el diablo anda a sus anchas. Me mostró con orgullo un libro especial de conjuros que traía en la maleta por si nos cruzábamos con algún caso de posesión. Me fui a dormir no sin antes hacer una petición especial: que ojalá se presentara la ocasión para que el padre Juan Carlos tuviera que usar su libro de exorcismos, sería un entrada magnífica para este diario.

 

 

El Padre Juan Carlos con las catequistas de la vereda

 

Nada de pensiones u hoteles, no sólo porque no los hay sino porque en cada punto una familia se ha ofrecido a recibirnos en su casa como un gesto de hospitalidad cristiana. En la casa de María, nuestra primera anfitriona, hoy al desayuno fue arroz con piangua (una concha) y chocolate. Ayer al almuerzo una sopa de camarones recién pescados. Bagre fresco y patacones a la comida, agua de coco para la sobremesa. En cuanto a los alimentos no nos tratan como ascetas sino como a un par reyes. De por sí que no acostumbro dar gracias a Dios por la comida, estoy tan obnubilado con nuestros platos que siempre se me olvida esperar a que el padre Juan Carlos haga la bendición de los alimentos. Las viandas no alcanzan siempre para todos y a veces María, Juan y su hijo de 10 años comen un menú diferenciado al nuestro. Más restringido. De nada sirve que el curita y yo insistamos en que podemos compartirlo, prefieren que nosotros disfrutemos de lo mejor que tienen. Y no están esperando nada a cambio. Una sensación de acogida y afecto que nunca contemplé que me daría a conocer este viaje. Hasta el momento nada de laboratorios produciendo perico, a cambio familias de humildes campesinos cristianos abriéndonos sus puertas con cariño y, literalmente, quitándose el pan de la boca para dárnoslo.

***

Todo citadino derrochón de agua (cuando lava los platos, cuando elige el nivel del agua en la lavadora, cuando abre la ducha caliente) debería darse una pasada por un lugar como éste. Aquí detrás de cada gota de agua dulce hay una historia de sudor, tiempo y calma. Para bañarnos tenemos que atravesar el pueblo, caminar con nuestra toalla, el jabón, el cepillo de dientes hasta el bosque para encontrar la fuente de agua. Normalmente se trata de un pequeño pozo que brota de la tierra. Siempre encontramos a alguien allí llenado recipientes para llevar agua a casa, o lavando la ropa, o esperando el turno para bañarse. Todo el pueblo acude a estas pequeñas fuentes. Hay otra técnica para obtener el agua dulce que me impresiona. La gente espera a media mañana que la marea alta se haya ido para ir hacia las zonas rocosas de la playa. Allí en grutas naturales espera a que la sal se asiente para, con mucha paciencia y cuidado, extraer el agua sin sal de la superficie. Frase de cajón pero cierta: aquí el agua es oro. Se le cuida, se le mide. Se hace un gran esfuerzo para conseguirla.

 

 

Soy de los de la opinión de que si uno se va casar con una moral que enseña que hay que amar al prójimo como a uno mismo, incluidos los enemigos, uno debería estar crecidito para bautizarse. Pienso que debería ser como en el caso de Jesús, que se bautizó a los treinta y pico, cuando ya tenía barba y se mandaba solito. Sin embargo, aunque se trataba de niños, me relajé y disfruté mucho mi primer día como fotógrafo de bautizos.

 

 

La ceremonia duró casi 3 horas. A mitad de la misa la mayoría estaban foqueando, hasta que llegó la hora de los bautizos. Entiendo que el cura se fajó un ritual especial que además del agua incluía también la untada de un tal óleo bendecido por el obispo y la imposición de algunas vestiduras sagradas. Cuando llegó ese momento todos se mosquearon y fue fiesta y alegría.

 

Los pescadores tienes sus lanchas y botes decorados con mensajes de dedicación a Dios. De no tenerlos, no saldrían tranquilos a sus faenas. Y sin embargo muchos no había podido bautizar sus hijos. En su entender estaban creciendo sin la compañía del Espíritu Santo, quien para ellos lo que hace principalmente es cuidarlo a uno de los peligros. Y aquí hay muchos. Y además tienen esa horrible y maleva creencia que dice que si un niño no bautizado muere, no podrá entrar al cielo y se quedará atascado en el limbo eterno. La tasa de mortalidad infantil aquí es demencial. Según un informe del Instituto Departamental de Salud, 53 de cada mil niños nacidos muere. La parasitosis intestinal es la principal causa. Así que los padres además de felices me imagino que también estaban más tranquilos por haber logrado bautizar a su prole.

 

Los chicos también estaban dichosos. ¿De qué? De la novedad, de ser los protagonistas del día, algunos quizá de estrenar ropa, de que les estuvieran tomando fotos, de tener al Espíritu Santo adentro, yo qué sé… A la final qué, cuando uno esté grande y entienda en qué fue en lo que lo metieron sus papás, nunca es tarde para ser un apóstata.

 

Una cosa sí es cierta, además del bautizo les vendría bien capacitación o infraestructura para mejorar, por ejemplo, la calidad del agua. Eso les evitaría muchos problemas al Espíritu Santo y al Ángel de la Guarda.

 

 

La tarde y la noche la dedicamos a visitar ancianos. Conocimos a don lolo, un viejo de 92 años que ha vivido siempre aquí. Parece un tierno e inofensivo anciano pero detrás hay un fauno insaciable. 30 hijos y está como un lulo. Pescaba, cultivaba y talaba madera. Nos cuenta que su casa fue hecha hace más de 60 años con la madera de un árbol llamado ají. Desde que la levantó  no le ha cambiado una tabla. Un material eterno, dice, que ya no existe. Se acabó. Los talaron a todos. De lo que más quiso hablar con nosotros fue de cómo han cambiado los tiempos, de lo raro que está el clima, de la escasez de pescado, la desaparición del bosque…

 

 

 

 

Padre Cazador

El arma tuvo un problema. Este padre cazador no podrá salir esta noche de cacería. La carne de monte se paga muy bien en Tumaco, pero cuando no hay caza, no hay plata. En todo caso este papá no se puede quedar quieto. A falta de escopeta mañana se embarcará al amanecer de pesca.

Hoy nos despedimos de Bocas de Curay. Un grupo de mujeres madrugó a poner al fuego palmas secas para hacer ceniza. Querían que el padre se las dejara bendita para poder hacerse la cruz en la frente cuando empiece la Cuaresma, que simboliza los 40 días de ayuno y meditación de Jesús sólo en el desierto.

 

Cuando ya nos íbamos María, la dueña de casa, le pidió al sacerdote que no se fuera sin darle una bendición a su hogar. El padre Juan Carlos hizo una oración larga y generosa que incluía peticiones especiales para cada miembro de la casa. Cuando el cura terminó el hijo de María, un niño de 10 años, levantó a su perro del suelo y le preguntó al padre si también podía bendecirlo. Creo que en la Summa Teológica Santo Tomás se desgañita para demostrar que los animales no tienen alma, y que en la ortodoxia católica está prohibido darle la bendición a los animales. Bendicen el agua, imágenes, carros, propiedades, estadios, obras públicas, pero no bendicen animales. Por un instante se me pasaron mil ideas por la cabeza de qué iba explicarle el cura al niño para decirle que no se podía, pero me equivoqué. “Trae a Guardián para acá”, dijo el cura. Y le pidió a Dios protección para el animal y le dio la bendición en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Entonces pensé, este cura me cae bien, seguro que podemos ser amigos.

 

 

 

Milagro.

Para poder hacer el viaje a pie entre Bocas de Curay y Olivo, nuestra segunda parada, hay que esperar a que la marea baje.  A las 11:00 de la mañana el mar se aparta y aparece una amplia playa que permite transitar los más o menos 3 kilómetros entre una vereda y otra. A esa hora emprendimos nuestro camino. Nos acompañaban niños y algunas mujeres. Entre ellas estaba Ezequiela. Sufre de un problema nervioso que la deprime, no la deja dormir. Cada mes debe viajar hasta Tumaco para reclamar droga psiquiátrica para los nervios. En los casi tres días de visita en Bocas de Curay le había hecho muchos retratos a esta mujer, pero siempre se veía abatida y triste. Incapaz de sonreír. En algún momento del camino hacia Olivo nos detuvimos para descansar. Ezequelia quiso probar suerte en la arena buscando conchas, una actividad que realizaba todos los días desde niña y que abandonó ahora que está tan enferma. Decían que hacía mucho no se veían tan malos tiempos para conchar, pero en poco tiempo Ezequiela obtuvo una buena cantidad de conchas. Entonces se hizo el milagro, finalmente la vi sonreír -si se pudiera decir así. Un leve gesto en los labios de felicidad que no desaproveché.

 

 

 

La iglesia el mar la borró. Olivo es casi una vereda fantasma. Las familias se han ido con destino a Tumaco. Van con la esperanza de poder integrarse a los programas de beneficencia del gobierno para desplazados, para afectados por el invierno o la violencia, o por lo que sea. Son muy pocos los que se han quedado.

 

Nubia, la catequista y nuestra anfitriona en esta vereda, reubicó su casa en una montaña. Dice que nunca se irá. Por muy difíciles que sean los tiempos, la naturaleza siempre les da algo qué meterse a la boca. Y no piensa renunciar a eso por nada en el mundo. Nada.

 

 

Otra vez la misma historia: pescador se levanta antes de que salga el sol. Mete al agua su pequeño potrillo. Rema en el amanecer para ir a recoger las redes. Las mallas salen vacías. Mallas que además están en mal estado, pero sin pesca no habrá dinero para cambiarlas. El sol arde durante el regreso. Mientras rema resignado piensa, piensa...

 

Padrecito, me dice, usted sabe mejor que yo que por algo mi Dios hace sus cosas.

 

 

Les decían que si se acaba la guerrilla se acababan también los problemas. Obvio que no, y por muchas razones. Una de ellas paradójicamente tiene que ver con la educación. Es 13 de febrero y los niños no han entrado a la escuela. Las aulas están desmanteladas. Muchos padres de familias mortificados nos han dicho, “miren sus reverencias, desde que se fue la guerrilla los profesores (que viajan desde Tumaco) llegan los martes y se van los jueves. Apenas si dictan clase. Ellos -las FARC- eran los únicos que los hacían trabajar. Este año ni siquiera sabemos cuándo van a empezar a estudiar. Nadie ha venido, nadie dice nada. Si así va a ser preferimos que vuelvan los señores de la guerrilla”.

 

 

Mi segunda noche fotografiando bautizos.

 

Un grupo de mujeres trabajó toda la tarde en la limpieza y la decoración de un salón de clase -al fin y al cabo no los están usando- que hizo las veces de capilla.

 

La planta de generación de energía del pueblo está abandonada. Se le robaron unos repuestos y el municipio de Tumaco no ha desembolsado para el mantenimiento. Un pescador  prestó una pequeña plantica para 3 bombillos. Otro vecino regaló el combustible. A las 6:00 p.m. las familias fueron llegando en botes.

 

¿De qué es lo que más hablamos el padre y yo en nuestros ratos libres? Del drama ecológico, de la basura en el mar, de la veda de camarón, de los estragos del calentamiento global, de la tala indiscriminada. ¿Y de qué habló el curita en su homilía? ¡Sí, de eso! Y sus ideas a veces las complementa con toques míos. En parte es mi cháchara colándose en la Sagrada Eucaristía. Me siento muy honrado, la verdad. Un bonito detalle del padre Juan Carlos...

 

...Al padre se le ha vuelto todo un drama conseguir quién lea las Escrituras en las misas. Muchos dicen que no saben leer, que les da miedo leer en público, etc. Y los que se animan lo hacen muy mal. Exhiben el nivel de lectura de niños de segundo primaria. Por ejemplo, como no entienden que el misal está dividido en columnas, hacen un cadáver exquisito pasando de una línea del Evagelio de Juan, a otra del Apocalipsis, a un Salmo...

 

 

Unas 13 personas fueron bautizadas esa noche. Todos eran niños excepto una mujer. Se bautizaba ella junto a su hijo. Se suponía que también lo haría su marido pero éste no apareció. Lleva días bebiendo viche, el sabroso aguardiente de caña que se produce en la región.

 

 

 

 

No tiene hijos, ni mujer, ni casa, ni un bote, ni una red. Pasa las noches a la intemperie o en alguna esquina de la casas de sus amigos. Antaño pescaba pero ya no. Ahora hace mandados y recibe a cambio un plato de comida. Llegó anoche buscando al sacerdote para que le saque esos demonios que escucha, que están todo el día diciéndole cosas, que no le dejan dormir. El padre Juan Carlos lo atendió en privado alrededor de una hora. Cuando nos fuimos a dormir se acostó en una hamaca de la casa en la que estábamos. Cuando nos levantamos ya no estaba.

 

A la primera oportunidad que tuve le pregunté al padre Juan Carlos si se trataba de algo paranormal, si había tenido que usar su libro de exorcismos. En su opinión el hombre atormentado tiene un avanzado estado de desnutrición, necesita atención médica y especialmente psiquiátrica. Síntomas de esquizofrenia. Simplemente hizo una oración por él, para darle tranquilidad, y le aconsejó que visitara a un médico en Tumaco.

 

Caminando por la vereda me lo volví a encontrar. Y lo que hace la sugestión, quería darnos las gracias porque desde hacía mucho tiempo no pasaba tan buena noche.

 

 

Hombre atormentado

Hice amistad con un joven que el día anterior bautizó a uno de sus hijos. Me pareció un muchacho curioso y de una inteligencia excepcional. Le dije, cuéntame todo sobre cómo funciona el negocio de la coca aquí, vamos a hacer de cuenta que es bajo el secreto de la confesión…

 

La mayoría le jala al negocio. La gente también siembra caña, o cacao, o trabaja en la pesca; pero lo único que deja algo de dinero como para comprarse un televisor, endeudarse con un motor fuera de borda, o mandar los muchachos a estudiar, es la coca. El resto es economía de subsistencia. La mayoría venden la hoja. Otros, que son más pocos, procesan la base que luego se convertirá en cocaína pura en los cristalizaderos bien equipados de la selva. Hasta hace unos meses lanchas llegaban al pueblo a recoger la mercancía. Pago adelantado, tres millones y medio por el kilo de base. La guerrilla tenía un control total sobre el negocio. Con ellos no había deudas sin pagar, ni asesinatos, ni fluctuación del precio, funcionaba todo a la perfección. El campesino no tenía que pagarles nada, sólo el traficante. Pero ese tiempo se acabó.

 

El kilo de base se bajó a millón trescientos. Y ahora se entrega a riesgo. Hay paga sólo si la mercancía corona su destino. Y hace mucho tiempo que los traficantes no pasan recogiendo. Ha habido grandes incautaciones y el negocio está prácticamente quieto. Nuevamente ha aparecido el desorden, las vendettas, los crímenes.

 

 

Me estoy fajando por lo menos 2 misas diarias. Damos gracias a Dios siempre que tomamos los alimentos, visito ancianos y enfermos por donde vamos. Hace días no digo groserías, no me intoxico, no hablo mal de nadie, no deseo la mujer del prójimo… en fin.

 

He llegado incluso a pensar si en medio de todo este ascetismo no valdría la pena intentar tener una conversación con Dios. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que hablamos seriamente, cara a cara.

 

 

 

Con tanta misa he ido aprendiéndome las canciones. Ahora canto durante las celebraciones...

 

"Señor te ofrecemos el vino y el pan. Así recordamos la Cena Pascual"

 

***

De las prerrogativas de pasar por un cura...

Dije que quería ir de pesca y de una vez varios pescadores se ofrecieron a llevarme. Se peleaban por el privilegio de llevar a un hombre de Dios en su rutina de pesca de la madrugada. Ni siquiera me permitieron explicarles que yo sólo era el fotógrafo de los bautizos.

 

 

 

Desde las 3:00 a.m., empecé a escucharlos. Los oía subir y bajar las escaleras que conducen a la playa. Pescadores que cargaban motores, redes, el combustible. A las 4:00 a.m. tocaron a la puerta. Ya era el momento de salir de pesca.

 

Cuando zarpamos no había salido completamente la luz del sol. En el bote viajábamos el pescador, un ayudante y yo, "el misionero".

 

Por la noche, que el agua se enfría un poco, los peces grandes se aproximan a las costas. Los pescadores acostumbran entonces salir al final de la tarde hacia las zonas rocosas para colocar las redes y dejarlas allí toda la noche. A la mañana siguiente madrugan a ver qué han capturado. Durante nuestro trayecto el pescador no habla más que de su pésima racha. La semana anterior tuvo dos días en los que las redes salieron completamente vacías. Para poder seguir trabajando ha tenido que endeudarse con la gasolina. "Un mes de pérdidas padre", dice.

 

20 minutos después de haber zarpado finalmente nos detenemos. Apagan motores y tiran el ancla, que en este caso es simplemente una roca pesada.  Mientras se pone una bolsa de plástico a modo delantal, el pescador me pide que "haga una oracioncita ahí padre", para que la pesca sea favorable. Cuando lo amerita, suelo sacar a la gente de su equivocación diciéndoles que no soy un cura, que soy sólo el fotógrafo delos bautizos. Pero pensé, vamos poner a prueba mi línea de comunicación con Dios, a ver si todo este ascetismo de los últimos días funciona. Cerré los ojos, me eché la bendición y le dije a Dios que me hiciera el grandísimo favor de concederle una pesca generosa a estos hombres. Unas redes a reventar como en el pasaje de no sé qué Evangelio.

 

Los pescadores empezaron a sacar la red. Pasaba el tiempo y nada, sólo chamizos y basura. Cuando ya habían sacado el 80 por ciento por fin algo se sintió. Se apresuraron tirar con más fuerza. Era una falsa alarma, sólo una pieza de latón. El jefe opinó que se trataba del pedazo del ala de un avión, para mí era sólo el trozo de un enfriador. Pero no me puse a discutir, estaba cabreado con el pésimo resultado hasta ese momento…

 

 

Cuando ya parecía que había sido otro día en ceros, sucedió. Ahí estaba, enredada en los dos o tres últimos metros de la malla. Una hermosa corvina de buen tamaño. No era gran cosa (pueden en un día sacar peces por un equivalente de un millón de pesos) y yo estaba decepcionado ante la sordera de Dios. Para ellos en cambio no era otro día más en blanco. A pesar de lo poco estaban agradecidos y contentos, me daban palmaditas en la espalda de agradecimiento.

 

 

Pareja pescadora

Es el primer pescador que veo realizando su trabajo al lado de una mujer. Me explica la razón de la siguiente forma:

 

-A los jóvenes ya no les interesa la pesca o el trabajo en el campo. Prefieren irse a Tumaco a trabajar en la construcción o el mototaxismo, la coca. Está difícil por estos días conseguir ayudantes. ¿Qué me tocó?, pescar con mi esposa.

 

-¿Y le gusta?

 

-Más a mí que a ella.

 

 

Se dice que en Soledad se destila el mejor viche de toda la ensenada. Ya estábamos de salida pero ni yo ni el padre Juan Carlos queríamos irnos sin llevarnos nuestra botellita. En la playa una lancha nos esperaba para llevarnos a nuestro siguiente destino. Estábamos resolviendo lo del viche cuando apareció. Dijo que era el papá del niño que se había bautizado junto a la madre 2 días atrás. El que no había aparecido por andar enfarrado. Venía vestido todo de blanco porque quería bautizarse.

 

Huérfano, analfabeta, no conocía los nombres de su padres a la hora de llenar la partida de bautismo. El padre Juan Carlos le pidió que le prometiera que iba a moderar la bebida, y contra todo, lo bautizó. Le dijo que a partir de ahora no sería más huérfano, tendría un padre a su lado.

 

Cuando se terminó la ceremonia privada llegaron las botellas de viche que habíamos encargado. Botella en mano nos despedimos en medio de abrazos y partimos.

 

 

 

 

Aquí en Chorrera una humilde pareja muy joven, con dos hijos, insistió mucho en que nos hospedáramos en su casa. Esaú, el papá, era el más interesado. Su madre había muerto recientemente por enfermedades relacionadas con el alcoholismo y su hijo de 11 años, Breiner, acaba de abandonar la escuela. Esaú dice que lo normal es que los niños dejen de estudiar para ponerse a trabajar y empiecen a consumir alcohol desde muy temprano. No quiere que su hijo repita la historia de la abuela y pensaba que nuestra visita podía ser buena influencia para el chico. Y en el fondo me dio la impresión que también creía que podíamos hacerle un milagro.  Dios, pensé, ¡si al menos abrieran las putas escuelas! Por la noche el padre Juan Carlos sacó un rato para hablar con el niño.

 

Al día siguiente la realidad se impuso dándonos un puño en la narices. Muy temprano Esaú salió de pesca. Breiner, el hijo, se embarcó también pero con un vecino. El papá, como la mayoría, ese día no sacó mayor cosa. Unos cuantos pescados pequeños para poner algo en el plato. En cambio Breiner obtuvo 60 mil pesos por un par de buenas langostas. Le entregó el dinero a su madre para cubrir con los gastos de la casa.

 

 

 

Llegaron a buscarnos para que fuéramos a visitar a un anciana ciega asediada por el demonio. La mujer fue perdiendo gradualmente la visión por problemas relacionados con el azúcar. Dijo que últimamente en las noches sentía calor en los ojos y veía fuegos, luces, figuras demoniacas que no la dejaban dormir. Le rogaba al padre que hiciera algo para terminar con aquel martirio.

 

Esta vez ya ni siquiera me animé con la idea de que por fin iba a haber jaleo cuerpo a cuerpo con el diablo. El padre Juan Carlos y yo estamos hace rato de acuerdo en que lo que falta mucho por aquí son médicos, no exorcistas.

 

 

Mujer ciega y gato

 

 

Tuve una tremenda decepción con el cura Juan Carlos. Presentía que tarde o temprano una cosa así sucedería. Nos quedan 2 días de viaje y no sé si podré ocultar mi desencanto. Mi deseo de irme ya a casa. De estar solo. De no prestarme más para esta misión cristiana.

 

 

El desengaño I

 

Hasta ahora en todos los lugares que habíamos visitado siempre los católicos se quejaban con el cura de problemas de convivencia con otras iglesias. Rivalidades, intolerancia religiosa entre cristianos. Y hasta ahora Juan Carlos había respondido rápido y de la misma manera: "como dice el Papa Francisco, no necesitamos las iglesias llenas, lo que necesitamos es buenos cristianos. Preocupémonos sólo por mejorar". Pero aquí en Llanaje todo cambió.

 

La vereda es la más limpia y las viviendas son las más decorosas que hemos visto hasta ahora. No es perfecto pero es lo más decoroso que hemos encontrado. Tienen por ejemplo un pequeño centro médico y aulas escolares en buen estado (aunque sin personal). La planta de generación de energía funciona como un reloj suizo. En el aspecto religioso también es la vereda más organizada. Tiene el mejor templo, el grupo más cohesionado y, por decirlo de algún modo, más ilustrado de fieles. De todas las misas que he presenciado, la de anoche fue en la que por primera vez se leyeron las escrituras con claridad, respetando los signos de puntuación, poniéndole sentido a lo que se lee. Algunos aquí son lectores frecuentes de las Escrituras, cosa que no habíamos encontrado mucho. Resultó que al igual que el resto, los fieles católicos de Llanaje se quejaron de las riñas con los evangélicos. El padre Juan Carlos decidió que esta vez iba a terciar en la pelea. Dijo que en la misa de la mañana resolvería de una vez por todas esta tontas disputas.

 

 

 

El desengaño II

 

Hoy en la misa estuve todo el tiempo ansioso por escuchar qué iba a decir Juan Carlos para zanjar las peleas con los evangélicos. Estaba frente al auditorio de católicos más cumplidores e ilustrados y tenía que fajarse, pensé. Antes de la bendición final sacó de entre su libro de conjuros un folletín editado por alguna casa editorial católica. ¿Qué contenía? ¡Algo así como los 10 argumentos para demostrar por qué la Iglesia Católica es la iglesia verdadera y las demás falsas! No podía creerlo. Que porque el apóstol Pedro es el primer Papa y de ahí viene la línea de sucesión de pontífices.  Que porque procede directamente de los apóstoles es la única que puede perdonar los pecados, la única que tiene la guía del Espíritu Santo... en fin, un montón de argumentos que ya sabemos que han producido algunas de las peores formas de inhumanidad que conocemos.

 

Tenía que decirles que desde hace 20 siglos esa estúpida convicción de ser la iglesia verdadera, de contener la única verdad; los llevó a las cruzadas, a la inquisición, a la persecución del pueblo judío, a la conversión forzada de pueblos indígenas y de cristianos ortodoxos, a la masacre, la tortura, el pillaje, entre otras cosas. Tenía que haberles dicho que en el año 2000, como parte de la celebración del Jubileo, el papá Juan Pablo II había pidió perdón por 94 crímenes apabullantes cometidos por la Iglesia debido a esa pretensión de infalibilidad y unicidad. Tenía que haberles dicho que en 1999, por ejemplo, la Iglesia católica pidió perdón pública por haber quemado vivo en plaza pública al protestante checo Jan Hus, teólogo y filósofo tan santo como los más santos de la Santa Iglesia Católica. Tenía que haberles dicho que recientemente el papa Francisco se había reunido con el patriarca ortodoxo ruso y había dicho que como cristianos de distintas iglesias es más es más lo que nos une que lo que nos separa. Pero no fue así. Mi compañero de viaje volvió a repetir las mismas ideas que por más 2 mil años a patrocinado crueldad, estupidez, tortura, violencia y dolor.

 

Por la tranquilidad, la hermandad, la tolerancia en esta población, espero que los fieles que asistieron a la misa esa mañana hayan hecho oídos sordos a las palabras del cura.

 

Aburrido, decepcionado me dediqué a vagar por la vereda.

 

 

 

 

Hemos llegado a nuestra última parada. Mañana regresaremos a Tumaco. Durante el viaje en lancha hasta aquí estuve extraño. El padre Juan Carlos quiso saber qué me tenía así. Le dije que había logrado comunicarme con mi familia y que mi madre tenía problemas de salud. No era mentira, pero tampoco una verdad completa. Además de los quebrantos de salud de la vieja, su sermón de ayer me tiene las tripas descompuestas.

 

El poblado al que hemos llegado está inundado, cuasi abandonado, a medio en pie. En Colorado por cada casa ocupada hay una vacía. ¿Destino de las familias?: Tumaco y sus programas de beneficencia estatal. Familias en acción, etc. Se van engrosar la maquinaria electorera de políticos corruptos. Esto también ha contribuido a bajarme el ánimo.

 

 

 

Hernando

 

Hace 20 años un pescador sacaba diario 15, 20 kilos de pescado. Hoy en los mejores días no se saca 8 kilos. Hay semanas completas en que no se saca nada. Entonces me dije que de aquí a unos años el que no cultive los productos del mar, ése se jode. Hablé con un experto para que me enseñara a cultivar camarón pero él me aconsejó que estudiara. Me fui dos años a Tumaco a estudiar en el SENA y me hice tecnólogo en acuicultura. Tengo tres motores y trabajo en sociedad con 6 pescadores. Con las ganancias de eso estoy sacando adelante un cultivo de camarón. Soy el único en toda la Ensenada que está cultivando. Si usted ya la recorrió, a usted le consta. Pero está siendo muy difícil. Se requiere mucha inversión para empezar y la mano de obra es un problema grande. La cultura de la coca y el dinero rápido dificulta mucho un proyecto de mucho trabajo que hay que ir ajustando, poquito a poco. Pero no pienso renunciar fácil, eso sí se lo digo".

 

 

Hernando en su cultivo de camarón

 

Presa equivocada

Cazador insomne

 

Ha tenido 4 mujeres y 12 hijos. A todos los ha levantado con la escopeta. Caza desde que tiene 10 años.

 

Ahorita se endeudó con una Cooperativa en Tumaco que le prestó para un motor y un bote. Pero le está costando mucho recolectar la plata de las cuotas. Así que caza de noche y pesca de día. Acababa de llegar de pasar toda la noche en el monte. Dijo que llevaba 30 horas sin dormir.

 

Le llaman conejo a una especie de roedor parecido a un chigüiro, o a una pasca común. Por el kilo de conejo pagan en Tumaco 30 mil pesos. El peso promedio de un animal adulto es 4 ó 5 kilos, lo que este hombre necesita para pagar su cuota. Pero erró en medio de la noche. Le pegó el tiro a este animal al que llama una zorra y cuya carne no se vende. La arreglará para dejarla para el consumo de la casa y una vez esté pelada y despresada se irá en su bote de pesca, y así, hasta que consiga cómo pagar las cuotas al banco.

 

 

 

A la misa de ayer en la noche asistieron apenas un puñado de personas. Se podían contar con los dedos de las manos. Ya en la casa Juan Carlos y nuestro anfitrión se pusieron a ver las noticias en la televisión y luego conversaron hasta que quitaron la luz. Yo me fui aparte a mi cuarto. Me tiré en el colchón de paja a tratar de hacer unos apuntes para este diario pero me resultó difícil. Tenía metida en la cabeza la escena del padre echando su discurso sectario.

 

Esto fue lo que garabatee:

 

i. La zona es inmensamente rica. No soy economista, ni sé nada del tema de desarrollo agropecuario, no sabría cómo sustentar el potencial de estas tierras pero basta estar aquí parado para sentirlo. Es una intuición poderosa de estar en un punto privilegiado del planeta. Y sin embargo la gente es muy pobre y la pasa mal. A pesar de haber vivido siempre en el abandono por parte de Estado, hace 50 años la región producía caña panelera (tienen una variedad nativa muy productiva y resistente), plátano, cacao, coco, maderas finas (ají, chachajo, guayacán), frutas (caimito, aguacate, chontaduro), pastoreaban, criaban pollos y claro, pescaban en un mar generoso. Pero el abuso, la extracción desmedida, la contaminación, el clima, la economía del narcotráfico han agotado todo esto. Casi el 80% de la comida la traen de afuera. Es absurdo, pero es así. Compran panela, coco (con el que aman cocinar) y hasta el plátano. La situación en este momento es dramática porque con la decaída del negocio de la coca no hay plata para comprar alimentos. La pesca está agotada y las variaciones del clima están golpeando con fuerza la poca producción que aún les queda.

 

ii. La historia de estos colombianos es como la de los campesinos de las Uvas de la ira. De aquí se extraen millones de pesos en madera y coca pero el campesino cada días es más pobre. Cada día debe más a sus capataces. A medida que pasa el tiempo tiene una más mala vivienda, come peor, viste peor. Ve cómo sus hijos se van desnutriendo. Y atrás hay una gente poderosa enriqueciendo (quiénes son, no lo sé). Veamos el caso del madero de La Ensenada. Para empezar a talar (cada vez la madera está más lejos) necesita un adelanto. La gasolina, los repuestos, la comida, la mano de obra cada día está más cara. Cuando está en mitad del corte el dinero se le acaba y debe volver a pedir. A los 3 meses de estar internado en el monte, cuando por fin termina, ya casi no le deben nada por la madera que cortó. Incluso puede ser que esté en déficit y sea él el que deba. Si de pronto el verano es muy fuerte y el nivel del agua no le permite sacar la madera, se ha quebrado. Si no, debe empezar otra vez el ciclo y cada vez que empieza está más pobre que la última vez. El cocalero es exactamente lo mismo. Cosecha a cosecha va empobreciéndose.

 

***

 

Tuve un sueño liviano y me levanté temprano para ir a la misa de 6:00. Por fin la última. Al medio día un bote vendría por nosotros  para regresarnos a Tumaco. Salí de la casa hacia la iglesia y por primera vez en todo el viaje no llevé mi cámara. Ya no me interesaba hacer más fotos. Sólo largarme lo antes posible.

 

Todas las misas empiezan y terminan con unas intenciones. “La eucaristía de hoy es por el descaso eterno de fulano, por la salud o el trabajo de sutano”. Normalmente la gente paga para que se incluyan sus peticiones. Sin que hubiera mediado una sola palabra al respecto entre los dos, esta mañana el padre decidió ofrecer la misa por la salud de mi madre. Cuando lo dijo me tomó por sorpresa. Decidí que iba a dejar un lado mi descalificación y a tratar concentrarme en la celebración. En todo caso iba por la salud de mi vieja. Como de costumbre las lecturas bíblicas no salieron bien. Luego llegó el momento del sermón y temblé. ¿Con qué iría salir ahora?

 

Habló algo sobre la actitud positiva que debe mantener e irradiar en la vida un cristiano por saberse tan amado por Dios. Una actitud esperanzada que tiene que sostenerse incluso cuando nos equivocamos o cuando las cosas nos están saliendo mal. Algo así difícil de entender. Luego dijo que quería dar un testimonio…

 

Aburrido, deprimido, sintiéndose un poco desapasionado con su trabajo, Juan Carlos tenía días en que se preguntaba si quizá no valdría la pena colgar los hábitos. Hace unas semanas un sacerdote amigo le había propuesto venir a este viaje de 8 días por la Ensenada. No tenía ánimos ni ganas pero no había tenido el valor para negarse. Era tanto lo que le preocupaba el viaje que la víspera pasó la noche casi en vela. Le aterraba especialmente tener que hacer el viaje con un desconocido -ése era yo-. Quería usar el sermón para darle gracias a Dios porque la experiencia le había traído fuerzas renovadas. Todo el cariño y la generosidad de la gente había sido como un chute de endorfinas. Regresaba lleno de ánimo y agradecimiento con la vida, con ganas de seguir trabajando, de enmendar su errores. Y también dio las gracias por mi compañía y me pedía de antemano excusas por cualquier incomodidad que me hubiera podido causar. Coño, me dije, no puede ser que yo  me vaya ir con este amargo sabor en la boca después de tantas cosas bonitas que hemos experimentado. En eso el hombre tiene la razón. Me dije que me buscaría la forma de hacerle saber en algún momento mi reproche por lo que había dicho en aquélla misa en Llanaje pero que de mi parte quedaba perdonado.

 

Cuando salimos de la misa fui a buscar mi cámara y lo invité a que hiciéramos un recorrido juntos por la aldea mientras yo hacía unas fotos. Caminamos y conversamos con la gente. Bien, como antes, sin esa nube gris de los últimos días. Incluso llegué a pensar si no valdría la pena confesarme. Contarle todos mis pecados. Pero me dije, ya estamos bien, a estas alturas para qué me pongo a meterle dinamita a esa aventura.

 

FIN