Fotos y texto DELIO APARICIO

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I. ¿Cómo me embarqué en este viaje?

 

 

02 de octubre 2016: 4 largos y duros años de conversaciones entre el Gobierno y las FARC.  A mi gusto, un Acuerdo para la Finalización del Conflicto no perfecto pero de lo más decente. Y los del Sí vamos y perdemos el Plebiscito por la Paz. Por 50 mil votos. Los asistentes a un pinche partido de fútbol entre el Tuluá y el Unión Magdalena. A la media noche, antes de acostarnos, con mi esposa nos pegamos una chillada.

 

 

08 de octubre: mi esposa me deja. Otra chillada. Por primera vez en la vida soy un divorciado. Un divorciado además con plebitusa.

 

 

14 de octubre: ceno con un amigo fotógrafo que estuvo en la Décima Conferencia de las FARC en los Llanos del Yarí. Aquéllos días en los que los guerrilleros se reunieron, discutieron y dieron su Sí unánime al Acuerdo antes de las votaciones del Plebiscito. Cuando los guerrillos dijeron que listo, que con unas condiciones aceptaban fundir sus fierros en un horno metalúrgico y entrar al juego de la democracia. Toda la noche mi amigo contó anécdotas de los muchachos que conoció, y yo sólo pensaba en lo parecido que ellos y yo debíamos estarnos sintiendo: ¡Rechazados! ¡Con la puerta cerrada en las narices!

 

 

19 de octubre: el médico bioenergético me encuentra el chacra de la garganta, ‹‹el chacra de la expresión››, lleno de una energía densa, oscura (me pregunto si estaría revisando mi Facebook post-plebiscito). Me receta 10 frascos con minerales pero sobre todo un descanso. Cuando le cuento a un amigo mi diagnóstico, me sugiere más bien visitar un endocrino para hacerme revisar la tiroides.

 

 

20 de octubre: me someto a un test en una web de autoayuda para hombres abandonados. Me aconseja esforzarme en ser más social. Dice que estudios han comprobado que la gente que se conecta con otras personas experimenta niveles más altos de satisfacción en la vida que aquélla gente que permanece aislada.

 

 

26 de octubre: mi amigo fotógrafo me envía una invitación de las FARC dirigida a toda la sociedad para asistir a una Vigilia por la Paz en sus campamentos en Caquetá y Putumayo. Entonces algo se acumula y explota. Me dice que vote al diablo a Julito, a nesticor Morales (que no hacen más que periodismo de escritorio con la gente del poder); que me levante de mi silla, empaque y me vaya a ver con mis propios ojos lo que está sucediendo en la selva ahora que el país había quedado en el limbo. Es un impulso que me ordena que me vaya a conocer a los colombianos que cargan con el peso de las disputas entre Santos y Uribe. La gente que le tocó quedarse en el monte mientras en la Plaza de Bolívar siguen los juegos de interés de los partidos políticos. La gente que le está tocando echarse al hombro todo el odio nacional hacia los 5 gatos del Secretariado de las FARC que posan en la Habana para las fotos.

De paso podría poner en práctica el consejo de la web para divorciados que me recomienda conectarme con gente nueva.

 

En caso de ir, descarto inmediatamente el Putumayo. Demasiados paramilitares sueltos (porque los paramilitares todavía existen, no crean).

 

Con el corazón a mil llamé a mi ex esposa. Ella podía convencerme de abortar esa locura.

‹‹¿Un viaje a las selvas del Caquetá? ¿Un lugar no exactamente especificado? ¿Farc? ¿Bloque Sur? ¡Wonderful! ¡Me parece una idea fantástica! Yo te regalo el tiquete››,  me dijo.  Sé que suena a sarcasmo pero no lo es, me conoce más que nadie en el mundo y consideraba que el viaje podía ser conveniente para mí. Bueno, al menos eso quiero pensar.

 

Había un problema, el plazo para confirmar asistencia a la Vigilia se había vencido dos días antes, el 24 de octubre. En todo caso escribí a las Farc preguntándoles si todavía tenía un chance. Dos minutos después recibí una respuesta. Consultarían y en 2 horas me dirían si podía acompañarlos. No sabía entonces si empezar a empacar, conseguir los utensilios que pedían llevar, comprar tiquetes…

 

La respuesta definitiva tardó casi 6 horas. Me imagino que revisaron todos mis antecedentes judiciales pero no alcanzaron a llegar a mi expediente del colegio, porque entonces no me hubieran dicho esto:

 

Dos días después, el 28 de octubre, estaba listo para irme. Suficiente agua y comida para mis gatos que ahora son hijos de padres separados. Cancelado el recibo del gas que ya se había vencido. Playlist programada en el celular. Botas de caucho, linterna, carpa, un cuenco y cubiertos para la comida. Solamente me faltaba comprar papel higiénico (nunca lo haría) y  un mercado. En el correo electrónico me pedían llevar alimentos para una comida comunitaria y por ningún motivo quería contrariarlos. Pero ya resolvería luego dónde conseguir el dichoso mercado.

 

Mientras esperaba el taxi que me llevaría al aeropuerto El Dorado entró una llamada de mi casa. Resulta que tengo un miembro de la familia que es uribista furibundo y que odia a las FARC más que a su úlcera (¿Hay uribistas que no sean furibundos? ¿Hay alguien que es su familia no tenga uno?). Por el grupo de WhatsApp de la familia este personaje había logrado, como todo lo de ellos, propagar el miedo. Prácticamente me sugería llevar una pastilla de cianuro para antes de mi ejecución. La llamada entonces era de mi viejo diciéndome que la mamá estaba en shock con la noticia de mi viaje.

 

Afuera mi taxi pitó, tenía que solucionar ese problema de un tajo. Le solté a mi mamá, cristiana católica hasta la médula, un numerillo más o menos así:

 

‹‹Má... ¡Es algo que tengo que hacer! Como colombiano que nació, creció y no se resigna a morir en un país en guerra; siento la obligación de ir allí y orar junto a otros -incluidos nuestros enemigos- por el perdón y por la paz de mi país››.

 

Solucionado, la mamá quedó como si le hubiera dado un clonazepam. El que necesitaba ahora algo para los nervios era yo que no sabía exactamente a qué parte del mundo me dirigía. ¿Habría una ruta de escape? ¿Sería una invitación de las FARC auténtica? ¿Sobreviviría a los temibles guerrilleros del Bloque Sur? ¿Aguantaría una Vigilia plagada de pastores cristianos?

Vereda Mononguete. En el recorrido por el Río Caquetá hacia el campamento.

II. Aclaraciones para hacer este viaje conmigo

 

 

i. Está bien, lo admito, como a los 13 años colgué en mi cuarto el consabido retrato del Che Guevara. Pero también es cierto que pronto lo quité. Lo cambié por un John Lennon. Y éste se quedó ahí por muchos años.

 

ii. Como estudiante de la Universidad Nacional una mañana llegué a clase de lógica con el profesor Andrés Villaveces, uno de los mejores y más disciplinados maestros que tenido en la vida (y eso que la lógica era mi palo en la rueda). Un grupo de encapuchados, con hoces y martillos pintados en las camisetas, habían sacado los pupitres de los salones y los habían apilado en la puerta del edificio para bloquear la entrada y suspender las clases. Uno de lo encapuchados daba el manido discurso sin patas ni cabeza: ‹‹Compañeros, compañeros, el capitalismo salvaje, bla, bla››. El profesor Villaveces se fue decepcionado de no poder dictar su clase. Minutos después de entre el grupo de estudiantes que nos agolpábamos en la puerta apareció un valiente que empezó a retirar los pupitres maltrechos que formaban la barrera. Les dijo a los rebeldes que el que quisiera quedarse debatiendo sobre el yugo de las multinacionales, que bien pudiera, pero que el que quisiera estudiar debería poder hacerlo.  Estábamos en una universidad ¿no? Cuando vi su valor tuve el impulso de sumarme y ayudar a limpiar el camino pero entonces uno de los “rebeldes” le lanzó una papa bomba a los pies. Una de esas papas con las que atacan las tanquetas del ESMAD cada vez que hay protestas. Una de esas papas que hace algunos años mató a un patrullero de la policía. El artefacto nos detonó a pocos metros. Sentí un silbido insoportable en mis oídos. No podía ver nada por el humo. Imaginé que el pie del estudiante había quedado destruido pero para mi alivio estaba equivocado. Había alcanzado a retirarlo y la cosa explotó a unos centímetros de su zapato. Lo que sí habían logrado era infundirnos miedo. Reprimir de un  solo bombazo nuestro deseo de mantener las aulas abiertas.  Desde ese día cada vez que los veía por el campus con sus capuchas haciendo el consabido grafiti ‹‹¡Camilo Vive!››, pensaba en qué revolución posible podía salir de un pueblo que cierra sus aulas.

 

iii. Años después, con estos ojos que se han de tragar la tierra, fui testigo en el norte del Cauca de cómo el Ejército y las FARC no tenían el menor inconveniente en usar escuelas primarias como trincheras de guerra (ver: Escuela quiere paz). De modo que cuando me dirigía hacia aquel santuario de las FARC, lo digo de verdad, estos recuerdos no me permitían sentirme de camino hacia donde gente que fuera de mis afectos.

 

iv. Pero también debo decir que soy un convencido de que se necesita una salida negociada a nuestro conflicto armado con las guerrillas que requiere un cambio en el país.  No sólo una mera rendición de las FARC para mantener las cosas como estaban. Finalizando mis estudios tuve una clase que fue la que me marcó esta convicción. No recuerdo exactamente si era un curso de filosofía política o qué, pero lo que sí recuerdo fue que la profesora nos dio a leer un texto de un señor Pablo de Greiff que me revolcó la cabeza. Pablo es un colombiano que para ese momento trabajaba en Nueva York en el Centro Internacional de Justicia Transicional. Su texto (si alguien sabe de qué texto estoy hablando le agradezco el dato) contenía crudas descripciones de algunos delitos hiper-atroces cometidos por las FARC, el ELN y los paramilitares (con ayuda del Ejército), contra población civil indefensa en la década de los 90. El tiempo en que más se degradó la guerra en nuestro país. Y cuando les digo que el texto describía delitos atroces estoy hablando de cosas tan espeluznantes que no soy capaz de repetirlas. Se me hace un nudo en la garganta. El objetivo de Pablo con esas narraciones escabrosas era discutir lo complicado que iba a ser, en caso de una salida negociada al conflicto, encontrar unas medidas de justicia que sedujeran a los combatientes a deponer las armas y que al mismo tiempo satisficiera los estándares de justicia aceptados por Colombia en tratados internacionales. Me impresionaba esto: cómo un autor era capaz de narrar con tantos detalles hechos tan dolorosos cometidos contra gente indefensa y al mismo tiempo estar tan convencido de que había que buscar una fórmula que permitiera una salida negociada.  Y entonces me convencí de dos cosas: de que en nuestra guerra no había buenos, y que una guerra así había que negociarla, no ganarla, ¿o acaso de qué bando podía uno hacerse?

 

En resumen: nunca he hecho parte de ningún movimiento de izquierda, si acaso alguna vez hice un intento en vano de leer El Capital. No sé si llegado el día votaría por un miembro del Secretariado de las FARC para un cargo público, en este momento creería que no. Voté Sí en el Plebiscito porque estoy a favor de una salida negociada y porque en términos generales me gustaba el Acuerdo.

 

Primeros viajeros a la Vigilia por la Paz organizada por el Bloque Sur de las FARC.

III. El recorrido

 

Aparte de las recomendaciones sobre utensilios que necesitaría, el correo de las FARC sólo especificaba que debía estar en la población de Curillo, Caquetá, el 29 de octubre a las 7:00 de la mañana. Ni una palabra más.

 

Tomé un vuelo de aproximadamente 1’ 30 desde Bogotá hasta Florencia. Allí tomé un destartalado taxi compartido con destino a Curillo. Este recorrido dura aproximadamente 3 horas y me pareció que por venir de la ciudad me concedieron el puesto junto al chofer. Hace un par de años había estado por esta región buscando la historia de un campesino que desinteresadamente protege tortugas charapas, muy extinguidas en la zona debido a que sus huevos son un plato apetecido. En aquélla ocasión tenía asignado un guía que me había alertado: ‹‹aquí todo el mundo es un informante, del bando que sea, tenga cuidado con lo que habla››. Y llevaba su recomendación resonándome en la cabeza.  Desde que iniciamos el recorrido hacia Curillo se soltó un aguacero descomunal. Era una lluvia con una fuerza muy distinta a la de un buen aguacero en Bogotá, era una lluvia de la selva. El conductor me disparó la pregunta de rigor, que qué me traía por esas tierras. Le dije que era un técnico de la Red Nacional de Bibliotecas y que iba a verificar el Internet de la biblioteca pública de Curillo (no sé si Curillo tendrá una biblioteca pública). Desvié la charla sobre mí halagando sus dotes para manejar a esa velocidad en medio de semejante aguacero (no mencioné la dificultad adicional que agregaba el lamentable estado de los limpiaparabrisas para no ofender). El conductor terminó hablándome buena parte del tiempo sobre lo mal que se sentía porque su hijo quería estudiar ingeniería electrónica y no se iba a poder. No hay universidades ni dinero para patrocinarlo. Como alternativa había hablado con un conocido de un taller para que le recibieran el muchacho con un salario simbólico. ‹‹Que aprenda a lo empírico, ¿no será?››, me preguntaba. Y yo estaba de acuerdo, incluso más de lo que él se podía imaginar. Así que la conversación fluyó y me “relajé”, entre comillas, porque de haber sido yo el que estuviera al volante, me habría detenido a esperar que pasara semejante aguacero. Era imposible ver una mierda, y menos conduciendo a 80 kilómetros por hora.

 

 

Alrededor de las 5:00 de la tarde entró un mensaje a mi teléfono. Vigilia Putumayo viaje 29 quería contactar conmigo a través del WhatsApp. Acepté y recibí las siguientes indicaciones:  ‹‹Estar a las 7:00 a.m. en el muelle. Allí encontrarán embarcaciones con distintivos. Para reconocerlos agradecemos que luzcan camisetas blancas››.

 

Finalmente llegamos a Curillo, un pueblo de unos 6 mil habitantes con una pequeña zona comercial repleta de artículos chinos. Esta es la última población a la que se puede acceder por carretera. De aquí en adelante todo desplazamiento es por río. El pueblo tiene un muelle por el que se mueve plátano, leche, ganado y coca. En cada cuadra hay una iglesia cristiana diferente. De hecho vi devotos de esa iglesia radical en la que hombres y mujeres se visten a la supuesta usanza de Jesús, ¡pero van en motos hablando por el celular!

 

Le pedí al taxista que me dejara en un hotel cerca del muelle. 10 mil la noche. Aproveché para darme una larga ducha porque algo me decía que  lo del baño se iba a complicar. En medio de mi ingenuidad infinita seguía preocupado porque no tenía aún el dichoso mercado para la olla comunitaria de la FARC. ¿Qué íbamos a comer? Con un pelín de reserva, salí para hacer la compra y quizá cenar algo antes de acostarme. En un pequeño supermercado compré panelas, arroz, harina para arepas, café, azúcar, aceite y pan. ¡Unos 30 panes! ¡Jajajaja!

 

En el restaurante pedí una mojarra que me sirvieron con caldo de cabezas de pescado,  arroz, papa, yuca, plátano y una ensalada de remolacha en un plato hondo aparte. Una cosa descomunal por 8 mil pesos. Debí suponer que tal cantidad de alimentos a esa hora, en esas circunstancias, no traería nada bueno. Me fui a dormir y soñé con las jaulas de los militares secuestrados en Las Delicias, helicópteros sobrevolando, un hombre con botas de caucho ahogado en un río.

Río Caquetá. Muelle en la población de Curillo.

 

En la mañana me asomé al balcón del hotel desde donde podía ver el muelle. Faltaban  20 minutos para las 7:00 a.m. y no había nadie. Sólo un par de campesinos sin camisa y sombreros que fumaban y tomaban café. Ninguna embarcación con distintivos. Bajé a un local a tomar el desayuno. Con las pesadillas de la noche anterior me decidí por un  modesto café con leche y pan mientras a mi alrededor los campesinos se empachaban con tamales, caldos con costilla, huevos, chocolate y queso. Entonces de repente aparecieron dos mujeres con camisetas blancas y sleepings. Citadinas ellas. Entre 40 y 45 años con pinta de madres de familia. Me dio buena espina.

 

Antes de terminar mi desayuno ya había un pequeño número de personas, incluidos una pareja de extranjeros con sus camisetas blancas. En algún momento un par de lanchas rápidas con distintivos de la Cruz Roja Internacional atracaron en el muelle. En ese momento ahí sí me decidí. Subí a mi cuarto por el equipaje. Con el celular le tomé una foto a una de las embarcaciones con las banderas rojas y se la mandé al chat de la familia con el texto: ‹‹ya está la Cruz Roja Internacional aquí. Nada de qué preocuparse››. Cinco minutos después los oficiales se terminaron el tinto, se subieron a sus lanchas con distintivos y desaparecieron.

 

Dos horas después de la hora de encuentro, luego de muchas llamadas secretas entre el lanchero y la ‹‹organización››, por fin estábamos listos para salir. Me había imaginado cientos de personas llenando varios botes y tomando camino río abajo entre cánticos religiosos, velas encendidas, discursos de pastores y presencia de medios de comunicación; pero me había equivocado. Partíamos sólo 13 personas. Con el resultado del Plebiscito fresco y el encarnizado debate de odio hacia las FARC en mis redes sociales, empecé a sospechar que la convocatoria para su Vigilia iba a ser un fracaso.

La Gacela con su motorcito a toda máquina.

 

¿Quiénes éramos los 13 (en un viernes, cosa no me parecía buen presagio) que abordamos La Gacela, un viejo y pesado bote de madera con una capacidad para 50 personas y un pinche motor de 40 caballos de fuerza?

 

Viajaba una profesora de la Universidad de los Andes de nacionalidad francesa y su pareja, un fotógrafo también francés. Un campesino productor de carne y leche junto a su esposa. Un joven que venía desde Medellín en bus. Luego me enteraría que era nacido en la costa y desplazado por paramilitares. Un médico de la Universidad Nacional. Viajaban también las dos señoras citadinas que había visto en la mañana en el muelle con sus sleepings, que resultaron ser sahumadoras que hacen ritos mexicanos. Un joven quizá miembro del brazo político de las Farc. Era con quien el lanchero se entendía. Un par de muchachas de no sé qué organización que no tuvieron problema alguno en viajar con cachuchas Che Guevara. Tres funcionarios  de una ONG de defensa de la población civil afectada por el conflicto. Y por último, Katira, una chica que nos llevó buena parte del camino con música de las FARC amplificada con un bafle desde su celular (vallenatos, rancheras, salsa con contenido relativo a la lucha guerrillera de la que pudimos descansar sólo hasta que se le agotó la batería.) A La Gacela le guindaron un par de improvisadas  banderas blancas y arrancamos río Caquetá abajo.

A pesar de que vamos es a rezar, los militares que vigilan el río exigen ver la documentación

de los viajeros que se dirigen hacia un campamento de las FARC.

 

Tres minutos después de abandonar el muelle nos interceptó una piraña del Ejército. Se trata de un bote pequeño, camuflado, con dos motores de 200 caballos y ametralladoras en todos los costados del calibre suficiente para partir una ceiba. Una de las chicas con chaleco oenegero fue quien se encargó de darle las explicaciones al capitán de la embarcación militar. Por momentos la conversación entre ellos se acaloró por cuenta de que querían ver nuestras identificaciones. El tono conciliador lo puso realmente el caballero del Ejército que le explicó a la muchacha que entendía perfectamente hacía dónde nos dirigíamos pero que necesitaba un registro de los viajeros. Para ella era un abuso de autoridad que quisieran tomar fotografías de nuestros documentos. Supongo que es el miedo a ser después perseguidos o fichados, y no me extraña. Pero también debo decir que, al menos para mí (que mi única afiliación es al tabaco), era un alivio saber que tenían información sobre quiénes éramos los 13 viajeros. Estábamos dirigiéndonos hacia los campamentos del Bloque Sur, la mismísima cueva del cíclope, en un viernes 13... ¡Por favor!

Tomaron fotos de nuestros documentos y sin requisar el equipaje nos dejaron continuar. Quise saber cuánto tiempo tardaría el viaje pero el lanchero, ni el joven político fariano, quisieron darme una respuesta clara.

 

En una lancha rápida el trayecto entre Curillo y el municipio de Solano Caquetá puede tardar aproximadamente 3 horas y media. En La Gacela, con su motorcito de 40 caballos, gastamos casi 6. Maldecí no haber tomado un desayuno con buen caldo de criadillas antes de salir de Curillo. Durante el recorrido el campesino ganadero tuvo mucho tiempo para contarle a la pareja de franceses la historia de saqueo de esas tierras: la fiebre del caucho, luego el tráfico de especies y de pieles, la coca, la madera. También les habló de lo difícil y caro que es para los productores mover sus productos, de la falta de escuelas y de hospitales. Y aprovechó para mostrarles los cultivos de coca a la vera del río.

 

Cuando llegamos a Solano eran casi las 4:00 de la tarde. Por cortesía de las FARC nos llevaron almuerzos y nos pidieron no descender de la embarcación para continuar nuestra marcha sin interrupciones. Escaseaba el tiempo. La incomodidad de la embarcación y el calor tenían ahora sí a todo el grupo ansioso de conocer el itinerario. El lanchero ya acorralado dijo que podían faltar unas 4 horas más. Falso.

 

A las 7:00 de la noche la oscuridad era total y seguíamos navegando. Mis treinta panes ya no existían. En algún momento dejamos el ancho Río Caquetá y nos fuimos por uno de sus brazos. No entiendo cómo el piloto lograba dirigir a La Gacela en la penumbra absoluta. Creo que se guiaba viendo las copas de los árboles a la luz de la luna. Seguimos navegando por entre canales cada vez más estrechos. De vez en cuando nos cruzábamos con otras lanchas que al escuchar nuestro motor hacían señales con linternas para evitar el choque. Era imposible ver quiénes iban en ellas o qué llevaban. Finalmente, como a las 10:00 p.m., nos detuvimos. La oscuridad era total, costaba trabajo poderse ver las propias manos. ¿Cómo demonios el lanchero había logrado dar con aquel punto? No tengo una hipótesis, pero desde entonces empecé a dirigirme a él con la  palabra ‹‹maestro››. En la orilla se iluminaron un par de linternas, de esas que portan los exploradores puestas en la frente. Las llevaban dos chicas jóvenes de no más de 18 años vestidas con camuflado, boina, un brazalete con la bandera de Colombia en la manga. Y fusiles. Y candongas.  Eran las primeras guerrilleras de verdad-verdad que veía en mi vida. Y eran lindas.

 

Los que consientes del peligro de morir ahogados no viajamos en la lancha con botas de caucho, en este momento  tuvimos que buscar a tientas nuestros equipajes y cambiarnos el calzado ya que la orilla era un barrizal profundo. No me soportaba el dolor en las nalgas y después de más de diez horas por el agua estaba ansioso de pisar tierra firme. Cuando descendí, ¡oh Dios!, empecé a sentir millones de zancudos gigantes alrededor mío. Se me metían en las narices.

 

Recibí mi equipaje y busqué mi linterna. Entonces los vi: descomunales, parecían zancudos robots de una película futurista. Estaban pegados a mis orejas, otros me picaban por encima de la ropa. Las palabras paludismo, leishmaniasis, enfermedad de chagas rebotaban enloquecidas en mi cabeza.

 

Según las 2 guerrilleras que nos recibieron, caminaríamos aproximadamente 1 hora más para llegar al campamento. Empezamos a movernos en fila india entre la nube de zancudos y no llevábamos trescientos metros caminados cuando entró una llamada por radio del comandante. En una atención especial hacia los primeros visitantes ordenaba que nos llevaran por río hasta el lugar. Nuevamente a bordo de la lancha en movimiento, adiós zancudos.  Pero yo ya no podía dejar de pensar en ellos. Si iban a ser 2 días rodeado de esas fieras hambrientas...

Empezamos a navegar a una velocidad mucho menor por entre canales demasiado angostos para el tamaño de La Gacela. Las hélices del motor se golpeaban con raíces, había constantemente que parar y dar marcha atrás para tomar un recodo, separar ramas de árboles que amenazaban con arrancar el techo de la embarcación. Casi una hora después la poca profundidad del agua nos impedía movernos. Aparecieron de la nada varias canoas pequeñas rugiendo con sus motores. Nos distribuimos en ellas y continuamos por riachuelos cada vez más angostos. En la proa un guerrillero de unos 17 años, musculoso, con una pañoleta roja amarrada en la cabeza, dirigía al motorista con la luz de una linterna. La Gacela me pareció un buque de primera clase comparada con esos botes. Se viaja casi sentado en el piso, los pies flexionados y sin chance de moverse o estirarse porque hay que mantener el equilibrio para evitar que el agua se filtre por los costados. Quizá una hora más, que se sintió como si fueran cinco, viajamos en estas chalupas hasta que escuchamos el sonido de plantas generadoras de energía y vimos bombillos encendidos a la orilla. Por fin habíamos llegado. Era más de la media noche.  Sentí ganas de llorar y abrazar a mis compañeros de viaje, como si hubiera coronado el Everest.

 

Debido quizá a los fuegos encendidos, las luces, el ruido de las plantas a gasolina; en ese lugar los zancudos no se sentían tan a gusto. Nos ofrecieron un café y nos pidieron que nos reuniéramos en una rancha donde en unos instantes el jefe del campamento nos dirigiría unas palabras. La noticia me causó un frío helado a lo largo de la espalda. Era el pánico a un discurso político a esa hora y con ese cansancio. Para mi sorpresa, esta fue más o menos la breve conversación que tuvimos con alias Ramiro, jefe del campamento:

 

‹‹Buenas noches para todos. Bienvenidos al fin del mundo. Les agradezco infinitamente que hayan venido hasta acá a acompañarnos en nuestra Vigilia por la Paz. Se encuentran ustedes en un campamento de preagrupamiento del Bloque Sur de las FARC-EP con personal de los frentes 32, 48 y 49. Este es un lugar del que el Ejército tiene coordenadas como parte del cese bilateral así que pueden dormir tranquilos. Como sé que están cansados no los voy a molestar, mañana ya tendremos tiempo para conversar. Ahorita les van a ofrecer una comida y pueden irse a descansar. Algunos muchachos les van a ayudar a armar sus carpas. Por favor alce la mano el que no haya traído linterna, el que no haya traído botas…››

 

No me atreví a decir que no había llevado papel higiénico. Comimos un buen pedazo de carne asada con arroz y plátano maduro. Luego nos condujeron a la zona de camping. Eran unas 4 tiendas de aproximadamente 30 metros de largo y 10 de ancho que estaban cubiertas con plástico para salvarnos de la lluvia. También habían acolchado el piso con aserrín y hecho zanjas alrededor para evitar inundaciones. La capacidad era para unas quinientas carpas. Encendieron una planta y pudimos armar nuestros tenderetes bajo la luz de unas bombillas. Alejandra, una guerrillera de 19 años, me ayudó a armar el mío. Se notaba muy ansiosa por saber si venía más gente, si había otros botes en camino, si en Curillo se habían quedado muchas personas esperando embarcación para poder llegar.

Honestamente esa mañana en Curillo había tres botes listos y sólo aparecimos 13 personas. Por eso zarpó únicamente La Gacela. Vi cómo se fue sumiendo en la tristeza cuando se lo conté. Luego, y sin entenderlo todavía, logré sacarle una sonrisa cuando le entregué mi bolsita de mercado.

 

Me fui a la cama exhausto. Me acomodé boca abajo para dejar descansar mi cola resentida y en un instante me quedé dormido. Afuera en la penumbra la silueta de una guerrillerita con su fusil hacía guardia.

III. En el campamento. Día 1.

 

 

Amanece y por primera vez puedo hacerme a una buena idea del lugar. Estamos al margen de un bosque en una planicie recién podada donde han levantado las carpas para los invitados. En la zona boscosa alcanzo a divisar las caletas vacías de los guerrilleros. Deben ser las 6:00 de la mañana, no hay nadie durmiendo pero sólo se ven unos pocos guardias con sus fusiles. Como ha llovido el bosque exhala una densa niebla que me impide ver más allá. Un guerrillero se acerca y nos informa que en la rancha donde se ven los fogones encendidos hay café. Allí nos reciben otros cuatro guerrilleros sonrientes con un buen tinto endulzado con panela al estilo campesino. Hay 20 termos listos para repartirle tinto a la tropa, que sigue sin aparecer por ninguna parte. A unos metros el ecónomo del campamento (porque hay un ecónomo como en los batallones o los monasterios) abre su tienda y por fin entiendo mi ridículo gesto de traer mi mercadito. Hay naranjas, manzanas, sandías, peras, granos, bebidas y víveres para alimentar más de mil personas. Un pequeño supermercado mejor equipado que el de Currillo donde hice mi compra. Aparece el comandante Ramiro y llama la tropa a formación. Entonces empiezan a brotar los guerrilleros de entre el bosque. Por fin cumplo mi deseo morboso de ver una cuadrilla uniformada y armada. Hay algunos adultos pero en general parece más la lista de un undécimo de bachillerato mixto. En lugar de uniformes de colegio, llevan camuflados y metralletas.

 

A la voz de formar, los guerrilleros aparecen de entre el bosque armados. En adelante abandonarán sus fierros para dedicarse a preparar el campamento para los visitantes.

La formación es para asignar las tareas del día. Y esta vez no tienen nada que ver con la guerra. Quiénes son los van a matar marranos, los que van a pelar papas, arreglar gallinas, encargarse de los fogones, terminar de construir los comedores, decorar el campamento.... Terminadas las órdenes, el doctor con el que viajé le informa al comandante Ramiro que es médico y que está a la orden por si alguien requiere sus servicios. No sé si se imaginaría lo que le vendría pierna arriba.

 

Al resto de visitantes nos llevan a una rancha en el bosque para una pequeña charla. Suspiro finalmente resignado ya a recibir el baldado de jerga ideológica. Nos sentamos bajo la sombra de un árbol con alias Mauricio Gareca, un cabecilla del Bloque Sur. Tenía la sensación de haberlo visto pero no sabía exactamente dónde. Hablaba y yo no lograba concentrarme por estar tratando de recordar por qué se me hacía conocido. El veterano guerrillero insistió en que el lugar donde nos encontrábamos era seguro ya que hacía parte de una zona de preagrupamiento protegida por el Ejército. Las zonas de concentración, dijo, ‹‹quedaron en stand by después del Plebiscito››. Nos explicó que debido a la desinformación que hubo alrededor del Acuerdo sobre la ideología de género decidieron organizar una Vigilia para la que esperaban la presencia de líderes religiosos de diversos credos. Aspiraban a recibir unas 400 personas de las que todavía no había señales. En medio de la charla, que no resultó para nada uno de esos discursos mamertos, de pronto se me iluminó la memoria. Alias Mauricio Gareca, que en ese momento nos estaba diciendo que nos sintiéramos como en familia, es uno de los hombres que estuvo a cargo de la zona de despeje en San Vicente del Caguán, cuando los diálogos con Pastrana. Un veterano con 35 años o más en el movimiento. En una columna del periodista Daniel Coronell lo había visto en un video acusando a un excongresista de haberle entregado a las FARC la información con la que se cometió el extermino de la familia Turbay Cote. En caso de haber Acuerdo, Gareca es uno de esos guerrilleros que tiene mucho que decir acerca de políticos involucrados en la guerra.

 

-Con quién tenemos el gusto de hablar -pregunté de puro ocioso.

-Con Mauricio Gareca, un guerrillero raso más. Más adelante si quieren podemos hacer entrevistas -dijo. Pero yo no estaba interesado en cabecillas ni comandantes. Estaba interesado en los guerrilleros rasos de verdad, los de a pie, los que no salen en las fotos, a los que no llama julito en La W.

Las labores para la recepción de los invitados  exigen a los guerrilleros, literalmente, dejar las armas a un lado.

 

El campamento hervía como un hormiguero. Calculo que en ese momento había unos 100 guerrilleros moviéndose de un lado a otro concentrados en sus tareas. Unos cortaban madera con motosierras para los fogones, para terminar de armar comedores y dormitorios. Había por lo menos tres cocinas trabajando simultáneamente. Personal cortando carne, pelando papas, cebollas, plátanos. Sacrificando reses, cerdos y gallinas. Decorando el campamento con globos y corazones con mensajes en letras de escarcha de colores. En el río seguían descargando lanchas con víveres y otros instalaban el sonido de la tarima para el evento. Y todo esto para quién, me preguntaba.

 

Como los guerrilleros están tan ocupados en sus faenas para atenderme, aprovecho para explorar a mis anchas la solitaria zona donde acampan. Las caletas son una especie de camarotes cubiertos con carpas camufladas. La litera está levantada unos 10 centímetros del suelo para evitar animales e inundaciones. Tienen unas pequeñas repisas para los implementos de aseo. Completamente sólo, camino en medio de un  montón de armamento colgado en los percheros. Como cualquier dormitorio, me parece que estos lugares dicen mucho de sus ocupantes.

 

 

Con semejante viaje del día anterior Camille y Theo, la pareja de franceses, se levantó apenas a eso de las 10:00 a.m. Justo a la hora en la que servían un desayuno de caldo con costilla y yuca cocida. Los recibió la fuerte resolana de la mañana y una inmensa fila de personas haciendo turno para recibir el desayuno. Los primeros en llegar fueron los indígenas. Venían con ancianos, niños, mascotas. Unos 100 de ellos. De ahí en adelante no paró de llegar la gente. Gota a gota fueron llegando familias enteras. Campesinos de la zona que también traían a sus hijos, sus abuelos y sus mascotas. No dejarían de llegar visitantes hasta el día siguiente unos minutos antes de empezar la Vigilia.

Los indígenas son los primeros en llegar. Me pregunto a qué dios irán a pedir por la paz cuando empiece la Vigilia.

 

Los últimos en arribar fueron estudiantes universitarios, sindicalistas, miembros de ONGs que venían de ciudades como Bogotá, Neiva, Ibagué. También llegaban, de algún lugar de la selva, más guerrilleros. La prensa no llegó nunca, excepto por Nadèdge Mazars, una fotógrafa francesa que ha hecho un impresionante trabajo mostrado en medios extranjeros la vida de los campamentos guerrilleros y de las zonas más golpeadas por el conflicto. Pronto el área de camping colapsó. Algunos guerrilleros debieron ponerse manos a la obra para armar rápidamente nuevos cambuches para la gente que ya no cabía.

En algún momento de la mañana apareció en el campamento alias Joaquín Gómez, el máximo comandante del Bloque Sur y miembro del Secretariado. Por este ingeniero agrícola, exprofesor universitario al que se le señala como el encargado de las relaciones de las FARC con narcotraficantes; Estados Unidos ofrecía una recompensa de 2.5 millones de dólares.

Gómez no lleva camuflado ni armas. Más que un comandante guerrillero, parece un cacique político. Los campesinos se empujan por el derecho a cruzar una palabritas con él. Lo acosan como a mí los zancudos de la noche anterior. No se tarda más de 20 minutos en volver a desaparecer. Nuevamente son los comandantes Ramiro y Gareca los encargados de atender a la gente. Se trata de profesores de la región, cocaleros, ganaderos, campesinos. Quieren discutir con los comandantes sus ideas de una cooperativa de cacaoteros, hablar del puente que se cayó en tal vereda, de cómo va a ser la sustitución de cultivos, de la posibilidad de una sociedad de transporte fluvial para sacar los productos a más bajo precio. En eso se pasaran todo ese día y parte de la noche los comandantes. Como diría un concejal o un alcalde, atendiendo público.

 

 

En la guerrilla siempre ha habido mascotas. Perros principalmente. Pero me entero que desde que se iniciaron los Diálogos de la Habana y la guerra amainó, las mascotas pululan. Muchos quieren una. Sin embargo se necesita una autorización para tenerlas. Y una vez son aprobadas, ingresan en el presupuesto, en el listado de compras del ecónomo, tienen vacunas, medicamentos, un puesto asignado en las canoas que recorren los ríos con la tropa. Como me entiendo mejor con los animales, me dedico a indagar la historias de estas parejas de amigos.

Una pareja de guerrilleros (‹‹socios›› en el argot de la tropa) se baña en el río.

El día transcurre con una sensación de calor de unos 40 grados. Como es costumbre entre la gente del campo, a las 5:00 de la tarde todo el mundo quiere un duchazo y la congestión en los baños es mayor. Las  duchas son publicas y la gente se baña a totumados y en ropa interior. Para ayudar a reforzar el mito de que la gente de Bogotá no se baña, renunció a hacer la fila. Los guerrilleros terminan de distribuir el almuerzo y encaran inmediatamente la faena de preparar la comida. En la zona de las caletas, en la soledad del bosque, me encuentro nuevamente con Alejandra, la joven guerrillera que me ayudó armar mi carpa la noche anterior.

Alejandra. Frente 32. Bloque Sur FARC-EP.

 

‹‹Vivía con mi familia a la orilla del río. Mi casa era muy pobre y cuando llegué a primero de bachillerato ya no podía estudiar. No había dónde ir al colegio. Y sufría mucho en la civil. Preferí entonces meterme a la guerrilla, y aquí he aprendido mucho de enfermería. Tenía 12 años cuando ingresé. Desde entonces no he vuelto a ver a mi familia. Hace unos días salimos de comisión a una vereda y me encontré un familiar. Él me dio el teléfono de mi mamá. Como ya la guerra no está tan dura me dejaron llamarla. Ella pensaba que yo había muerto en un bombardeo. Hablamos después de todo este tiempo y le dije que viniera a la Vigilia por la Paz a visitarme. He estado todo el día aquí pendiente de la llegada de los botes. Mi miedo esta mañana era que si venía no nos reconociéramos porque ya no la recuerdo. Pero me acaban de informar que dos embarcaciones que traían a los invitados fueron devueltas por el Ejército porque no tenían chalecos salvavidas. Si mi mamá venía en uno de esos botes ya no va a llegar. Por eso estoy aquí así de triste ››

 

Después del baño las mujeres se cambiaron las botas por sandalias, se maquillaron, se pusieron sus mejores vestidos. Los hombres hicieron lo mismo. Las filas de rigor para recibir la comida. La noche transcurre entre conversaciones, música en celulares (no hay señal), ensayos de grupos musicales, corrillos de jóvenes contando chistes, niños jugando con los globos de la decoración. A las 10:00 p.m. la mayoría se fue a dormir, excepto los guerrilleros que no paraban de trabajar. Trasnochan también los líderes de las veredas, los pastores, las autoridades indígenas que congregados en la rancha de los tintos siguen sus conversas sobre los proyectos que esperan que lleguen a la región si se firma el Acuerdo. También trasnocha la gente que, como yo en la noche anterior, sigue llegando por el río pasada ya la medianoche.

 

Interrogo a uno de los guerrilleros encargados de repartir la comida. Me dice que calcula se sirvieron unos 800 platos de sancocho. Si es cierto, a esas alturas ya están doblando la meta.

 

Tal como exigen las normas de la hospitalidad, los guerrilleros trabajarán hasta bien entrado el amanecer para poder atender a sus visitantes.

IV. Día 2. Vigilia por la paz.

 

Noche de perros. A los campesinos les encanta dormir con radio. Ahora reúnan cientos de ellos a dormir alrededor de ustedes con sus respectivos cacharros encendidos. Y tengan en cuenta que no es precisamente amor por el jazz, Bach o el bolero lo que los distingue. Súmenle que todos madrugan. A las 4:00 de la mañana el campamento está completamente despierto. Los de la rancha de los tintos ya han despachado 20 ó 30 litros de café a esa hora.

 

 A  las 10:30 a.m. hay euforia total por cuenta del desayuno. Tamales y 3 ó 4 lechonas. Mucha gente repite, hay buen ánimo, sonrisas, camaradería. La organización se esforzó por comenzar el día por lo alto y lo logra. Es el momento justo para hablar con algunos de los visitantes.

En el ambiente hay ese día una energía especial circulando. Muchos de los jóvenes guerrilleros con los que he conversado, la mayoría diría, ingresaron al movimiento siendo apenas niños. Algunos desde los 11 años. Al igual que muchos de ustedes pienso que es un hecho cruel. Algunos de ellos llevan hasta 10 años sin ver o hablar con sus familiares (son las normas que impuso la guerra). A algunos les quedan recuerdos que son apenas jirones de sus padres, de sus hermanos. Esta mañana, además del lujoso desayuno, hay familias reuniéndose con hijos que daban por muertos. Y eso le da un toque mágico al campamento. Seré sincero: hago cero esfuerzo por evitar la piel de gallina. Me dejo abrazar yo también por la emoción de los reencuentros.

Al medio día se da inicio oficial a Vigilia por la Paz de las FARC en aquél campamento. Sé que en 4 ó más lugares del país está sucediendo lo mismo. Hasta ese momento para mí una vigilia es un evento en el que se pasa toda la noche sin dormir rogando a Dios. Los exorcismos y las liberaciones son el plato fuerte y sólo llegan hasta el amanecer. De niño mi madre me llevó a algunas.

Después del pésimo descanso de la noche anterior la idea de pasar de largo rezando arrasa con las lindas emociones de los reencuentros familiares.

Hoy perdóname, hoy por siempre... Aún sabiendo que he caído, que de ti siempre había huido...

 

Presidiendo la tarima se encuentran los dos máximos jefes del Bloque Sur: Joaquín Gómez y Antonio Corena. La escenografía los hace lucir ese día como el alcalde y gobernador de un pueblo. Verlos a los dos ahí a unos metros míos me hace pensar en los 5 millones de dólares pulpitos que pagaban por ellos hace 4 años. De haber Acuerdo de paz los gringos deberían destinar esa platica para las vías con las que tanto sueñan los campesinos. Bueno, el caso es que Joaquín y Corena han planeado un evento que no me esperaba.

 

En primer lugar suena el himno nacional y la maestra de ceremonias menciona  ‹‹democracia›› más de tres veces en las palabras de bienvenida. Toda una sorpresa. A los pastores, chamanes y al único sacerdote católico que asistió les han dicho que cuidadito con hacer intervenciones de más de 10 minutos. Igual para los dirigentes de sindicatos, ONGs, profesores, líderes veredales que echarían sus discursos. Una exigencia que se les agradece de todo corazón. Los comandantes Joaquín y Martín Corena nunca llegan a tomar la palabra. Sólo escuchan a los invitados. El orden del día ha sido pensado además para que la labia de los líderes religiosos y sociales no vaya de un sólo chorro sino que se intercale en medio de las presentaciones de danza, teatro y música a cargo de los guerrilleros.

 

A las 3:00 de la tarde llega el almuerzo y, por la ocasión, las FARC tiran la casa por la ventana: carne y fritanga, masato. La gente se lo goza. Muchos llenan bolsas y recipientes para llevar comida para la casa. ¡Y no hubo una sola gota de licor! La gente baila, ríe y disfruta ‹‹sanamente››, como dirían los pastores. Y, como broche de oro, la vigilia acaba apenas pasadas las 9:00 de la noche. Más que una vigilia en sentido estricto, se trató de un evento cultural con un toquesito de fe.

Cuando bailan el sanjuanero reconozco al guerrillero que se encargó de arreglar los cerdos. En el teatro, en la parte de la lucha contra los españoles, está la guerrillera que lamenta no haber podido estar en el sepelio de su padre. Haciendo videos y fotos está Policarpa, la mamá del mono leoncillo, y así. Si no están bailando, actuando, están entre el público. La que me dijo que quiere ser enfermera, la que le falta un año de colegio y sueña con ser fisioterapista, la que quisiera ser profesora de preescolar. A la única que no he visto en todo el día es Alejandra, la chica que armó mi tienda, la misma que me encontré el día anterior en el bosque sumida en la tristeza porque creía que su madre no iba a llegar a visitarla. No participa en los actos, no está entre el público, no la he visto en las comidas.  Al otro que casi no he visto es al médico. Pero esa es otra historia. Dejo a un lado los espectáculos y me dirijo al bosque a buscar a Alejandra. Su ausencia me dice que su mamá no pudo llegar y que está acostada en su caleta, sin probar bocado.

Sabiendo que había un médico en el campamento todo el mundo quería un chequeito.

Guerrilleros enfermos que debieron perderse  la fiesta.

 

Y a todas estás qué fue lo que pasó con el médico. El caballero se ofreció muy cordialmente a prestar sus servicios y lo perdimos. La cosa fue así: primero estuvo examinando a un grupo de guerrilleros aislados en un lugar del bosque debido a una virosis. Un virus con todo el combo, vómito, fiebre, dolor de huesos, escalofríos y diarrea. Luego le pidieron valorar a varias guerrilleras en embarazo. Así como las mascotas, la calma chicha del Cese Bilateral ha traído un aumento en el número de embarazos. Luego le asignaron dos guerrilleras jóvenes con idea de enfermería, le improvisaron un puesto de salud, le entregaron una caja con medicamentos y ahí fue el final de la Vigilia y la diversión para él.

 

Ante su puesto hubo siempre una fila como la del almuerzo. Campesinos que por años no habían visto un médico querían una consulta. Sobre todo querían que les examinaran a sus niños. Bien entrada la tarde por fin lo veo llegar cansado a la carpa de la fiesta. Me cuenta que hay niños enfermos. Que la droga que le entregaron es genérica y que no hay medicamentos pediátricos. Que se necesitaría urgente una comisión médica, especialmente pediatras, para esa región. Decido no atribularlo más y dejarlo disfrutar del espectáculo...

 

 

 

Al comienzo éramos felices...

 

 

Pero de España llegaron saqueadores...

La injusticia reina hasta que aparece un líder, un verdadero líder...

 

‹‹Yo no soy un hombre, soy un pueblo... ››

                                                J.E. Gaitán.

 

Los oligarcas se cargan al ‹‹negro››. ¡Han matado nuestra  esperanza!

 

-Una baja para la rancha de los tintos-

 

 

 

 

¡A la carga!

 

 

 

 

 

 

El camarada Joaquín disfruta la función.

 

 

 

IV. El regreso

 

Al día siguiente todo para mí fue buscar la manera de salir de allí temprano. Calculo que llegaron unas 1200 personas que esa mañana querían partir a un mismo tiempo. Yo tenía un vuelo de 8:00 p.m. desde Florencia que obviamente perdí. Llegué casi a las 9:00 p.m.  y pasé la noche en un hotelucho junto al terminal de transporte. Mil veces más acogedora mi carpa en el campamento. En el viaje por el río mi equipaje se mojó. Al día siguiente el vuelo que debía salir al medio día salió a las 6:00 de la tarde.

 

En la vans de regreso entre Curillo y Florencia me tocó en el peor rincón de la última fila. A mi lado viajaba una joven de unos 20 años acompañada de un perrito. No sé cómo lo sabe pero me pregunta que si vengo de la Vigilia de las FARC. A estas alturas estoy ya realmente muy cansado para inventarme una coartada. Lo único que se viene a la mente en ese momento es decirle que soy periodista de un periódico chileno llamado El Pelotillehue.

 

-Sí -contesto cortante para evitar que me siga conversando. Me echo la visera de la gorra hacia adelante como quien sólo quiere que le dejen dormir.

 

-Tengo un familiar allá. Pensaba ir pero no sé, tal vez me dio miedo.

 

Como quien no quiere la cosa pregunto:

 

-¿Un hermano?

 

-No… mi papá…

 

Le dije que otras personas como ella habían ido y habían encontrado a sus seres queridos. Que había visto encuentros muy bonitos, pero por paranoia no me atreví a decirle más. Podría haberle contado muchas otras cosas...

 

Que gracias al cese al fuego hoy no hay combates y se encuentran bien. La vida les ha cambiado mucho

 

 

Que tienen un poco de miedo por cómo van a reorganizar la vida si dejan las armas...

 

 

 

 

 

Un poco de miedo de que el gobierno no cumpla sus promesas...

 

 

 

 

 

De que no les vayan a respetar la vida si se desmovilizan

 

 

 

 

 

Tienen miedo de que no se dé el Acuerdo

 

 

 

 

 

Y  no quieren volver a la guerra

 

 

 

 

 

Lo que más extrañan es a sus familias

 

 

 

 

 

Y  también tienen muchos proyectos

 

 

 

 

 

Terminar el colegio

 

 

 

 

 

Hacer un técnico

 

 

 

 

 

Ir a la universidad

 

 

 

 

 

Formar un familia

 

 

 

 

 

Algunos incluso sueñan con una carrera musical

 

 

 

 

Y también con volver a ver a sus hijos...